martes, 12 de mayo de 2020

Vinilo XXII - Grasa de las Capitales - Serú Girán (1979)



I

La recuperación del catálogo del sello Music Hall, propiedad de la empresa Sicamericana, en quiebra desde el año 1993, significó hace pocos años un hito trascendental dentro de las actividades del Instituto Nacional de la Música (INAM). El catálogo tenía más 2.500 discos de artistas nacionales cuyos masters se encontraban arrumbados en un depósito judicial. Los músicos no podían acceder a su propia obra ni tenían los derechos para publicar sus discos en el formato que quisieran. Luego de largas gestiones ante el juzgado que entendía en la causa, el INAM pudo hacerse de los masters y emprendió un plan de recuperación de esa obra inmensa y casi perdida. Se comenzó un proceso de digitalización, para que cada artista disponga de su obra y se abra la posiblidad de una reedición. Serú Girán, la emblemática banda del rock nacional, había editado su dos primeros discos en Sazam Records, uno de los sellos de Music Hall. De vuelta en manos de sus autores, Pedro Aznar se propuso remasterizar bajo los mejores estándares disponibles a la Grasa de las Capitales (1979), su segundo disco y el que los haría ingresar al panteón de las más grandes bandas argentinas de todos los tiempos. Pero antes de contar los resultados del edición 40° Aniversario del disco, repasemos un poco de la historia de su factura. 

II

El primer disco de la banda, Serú Girán (1978), no estuvo exento de numerosas controversias. Charly García y David Lebón se habían radicado a principios de ese año en Buzios, Brasil, dispuestos a componer y alejarse del aire enrarecido de Buenos Aires. Al poco tiempo se les sumaron un jovencísimo Pedro Aznar y el todo terreno Oscar Moro. A pesar de las muchas dificultades económicas que los acechaban congeniaron rápidamente como grupo y compusieron un puñado de canciones que podían transformarse en un disco. Producidos por el legendario Billy Bond y acompañados en algunos temas por una orquesta de veinticuatro músicos, Serú Girán grabó un disco muy incomprendido y mal recibido por la crítica y el público. La música y la poesía del nuevo grupo de Charly García no encajaba en el clima social y artístico de la Argentina de la dictadura. Desde su ida a Brasil, el ex Sui Generis era blanco de una campaña que buscaba mostrarlo como un bicho raro alejado del clima social y de lo que el público buscaba. La presentación del disco en Obras casi termina en una batahola. Les arrojaron pilas cuando intentaron parodiar a la música disco; Buenos Aires no era un lugar para metáforas. La crítica los despedazó y el público los ninguneaba.
Charly no iba a amilanarse ante ese contexto, más bien que la situación actuó como un incentivo. Ajustó su enorme antena de artista popular de cara a la sociedad y se dispuso a grabar un segundo opus en donde la banda reflejara sin concesiones lo que estaba pasando. Nacía la Grasa de la Capitales.

III

Entre julio y agosto de 1979 en los míticos estudios ION, Serú ingresaba a grabar su segundo disco con la asistencia del histórico asistente de grabación Amílcar Gilabert. La idea era respetar el sonido de la banda, grabando casi todo en directo, sin sobregrabaciones, en una consola de 24 canales, muy buena para la época. La perfecta sintonía entre Gilabert y García, es otros de los secretos de lo bien logrado que está el sonido del disco, además de la soberbia interpretación de los cuatro músicos. Serú Girán era una banda que tenía muchísimas horas de ensayo y buscaba tener un profesionalismo en escena que no se veía por esa época en Argentina. Además de virtuosismo en el manejo de sus instrumentos, buscaban trabajar las armonizaciones vocales y el ensamble del sonido como nadie por estas tierras.
El concepto del disco nacía de la cabeza genial de Charly. La grasa apuntaba al consumo cultural de la clase media porteña, aunque el músico declarara que como concepto podía aplicarse a cualquier capital del mundo. Apuntaba a la gente careta y el “no se banca más” podía ser utilizado en varios sentidos, siendo el más obvio el que apuntaba al clima opresor de la dictadura, aunque lo más visible haya sido el cuestionamiento al medio pelo argentino. Serú había recibido una crítica despiadada a una de sus presentaciones en donde el periodista se preguntaba si eran los dobles de los músicos los que tocaban. Un diario, además, había publicado un perfil de Charly muy polémico con el título de “¿Ídolo o qué?” García juntó todo eso en los que sería una de las tapas más icónicas del rock nacional, parodiando a la portada del revista Gente, portavoz de ese medio pelo y férrea defensora del régimen militar, en donde los cuatro músicos aparecían caracterizados como un oficinista (Aznar), un rugbier (Lebón), un playero de estación de servicio (Charly) y un carnicero (Moro). Los títulos restantes se reían de los todos los tópicos de la tilinguería que mostraba la revista.

IV

Las nueve canciones del disco eran de una confección de alto vuelo. El grupo dejaba de lado las orquestaciones y las letras se volvían más directas y emotivas. El disco rompía ya de entrada con todo el pasado con unas líneas a capella que plantaban bandera: “Qué importan ya tus ideales, qué importa tu canción, la grasa de las capitales cubre tu corazón”. El tema resumía en cuatro minutos el concepto del disco: crítica feroz, varios géneros musicales, arreglos progresivos, solo de batería. En el “no se banca más” se resumía todo: el caretaje, la dictadura y los medios. Un fresco perfecto en pleno patriotismo mundialista. A partir de ahí el disco tocará cimas que lo convertirían en clásico.
Lebón canta en plano folk San Francisco y el Lobo con un poético llamado a la rebelión. García, el gran músico popular argentino, vuelve a la carga con Perro andaluz, un tema sobre una separación desde otro ángulo, con la banda en una performance soberbia y un gran trabajo de Aznar en el bajo. El jazz rock los toma por asalto en Frecuencia Modulada, en donde se burlan de la música comercial. El lado A termina con un tema solista de Pedro Aznar, Paranoia y soledad; el bajista, que sólo tenía 19 años, hace un pintura breve y perfecta de un estado de ánimo colectivo. Asombroso. El dúo García – Lebón inaugura el lado B con Noche de perros, en dónde el sentimiento individual de abandono es una perfecta metáfora de lo que le pasaba al resto de la sociedad. García contribuye con una de sus mejores páginas, Viernes 3 A.M., para muchos su mejor canción, que fuera censurada por instigación al suicidio. La dictadura no entendía de metáforas.
En el tramo final aparece quizás la canción más escondida del disco, Los sobrevivientes, un tango a lo García, con referencias a Piazzolla. Cerrando el disco se escucha Canción de Hollywood, con un temática recurrente en varios temas de Charly, la ilusión del cine y sus artistas. Sobre el final del tema el bajo de Aznar cita algunos acordes de The lamb lies down on Broadway, tema de Genesis, banda de referencia para Serú Girán.

V

La remasterización realizada por Pedro Aznar y el ingeniero de sonido Ariel Lavigna fue hecha sobre una copia de resguardo del master original rescatado por la INAM. El trabajo es excepcional, no sólo por el detalle de todas las sutilezas de la grabación que ahora pueden escucharse con claridad, sino porque se respetó el sonido de la época, muy de los 70, no dejando que se pierda la calidez de la grabación en el proceso de digitalización. Una verdadera proeza. Otro hallazgo es la reproducción del arte de tapa, parte indisoluble del concepto del disco, con un sobre interior rediseñado a partir de fotografías descartadas en la sesión original de fotos para la edición del disco, a cargo de Rubén Andón. Esta edición de lujo 40° Aniversario de la Grasa de las Capitales, que además del vinilo trae una copia del disco en cd, es un gran acontecimiento que premia un disco clásico de la que quizás sea la banda de rock argentina más grande todos los tiempos.


miércoles, 6 de mayo de 2020

Vinilo XXI - La Magia de Sandro - Sandro (1968)




I

Entre su rutilante aparición con Presentando a Sandro en 1964 y Espectacular en 1971, Sandro construyó una prolífica y exitosa carrera en Argentina y el resto de América. Nacido en la barriada de Valentín Alsina, en el corazón del conurbano bonaerense, su trabajo con el grupo Los de Fuego es una referencia ineludible para entender la génesis del rock cantado en español. La banda había nacido con un nombre estrafalario, Los caniches de Oklahoma, y en 1960 tenían un simple editado, un rock escrito totalmente en español por el mismo Sandro titulado Comiendo rosquitas calientes en Puente Alsina. Al año siguiente cambiaron su nombre a Los de Fuego y el mismo Sandro, que hasta ese momento era la primera guitarra, se hizo cargo de la voz. Influenciado por su ídolo Elvis Presley emprendía una carrera inigualable que lo convertiría rápidamente en una estrella. En 1965, todos conocían al grupo como Sandro y Los de Fuego, y en ese año frenético grabaron dos discos de gran éxito que hasta los llevó a la televisión, en ese entonces un privilegio para muy pocos.

II

Hacia fines de ese 1965 Sandro se enfrentó a la oportunidad de emprender una carrera solista. Dueño de una gran voz y de una presencia escénica inigualables, la compañía grabadora no tardó en proponerle salir de a poco del rock y empezar a incursionar en la canción melódica. Separado ya de Los de Fuego, graba un puñado de discos que lo catapultan a la fama, las presentaciones exitosas y las cifras increíbles de ventas de discos. Entre El sorprendente mundo de Sandro (1965) y Una muchacha y una guitarra (1968), el cantante y performer es ya una estrella de proyección internacional. Su sociedad compositiva con Oscar Anderle, quien además era su representante, se convirtió en una dupla imbatible creadora de una seguidilla de hits muy exitosos. Con la edición de cada nuevo disco, Sandro iba dejando de lado su impronta rockera para acercarse cada vez más a la balada romántica. La edición a fines de 1968 de La magia de Sandro, quizás sea el punto exacto en su carrera en donde todas esas cosas se dan al mismo tiempo. Deja de lado los covers y las composiciones de la dupla con Anderle ocupan todo el disco, desplegadas en doce grandes temas, algunos de ellos convertidos casi desde su misma edición en clásicos eternos.

III

La magia de Sandro está repleto de felicidades. Los Beatles les habían enseñado a todos los compositores de la época que daba mucho prestigio ser cantautor, tener un repertorio propio era un valor agregado, tal como lo demostraban desde Leonardo Favio hasta Roberto Carlos. La mágica alquimia de los autores, la extraordinaria interpretación de Sandro más la exacta ubicación de la orquesta de Jorge López Ruiz dieron en el blanco en cada tema de manera casi perfecta. El disco lo tenía todo: temas festivos y temas románticos, con aires de bossa nova, country, vals y baladas bien distribuidos e interpretados. El éxito masivo en Argentina y América fue inmediato y Sandro sentaba en este disco las bases sólidas que lo transformarían en un ícono de la canción popular. Tengo, Así, Penas, Penumbras, París ante tí; cada tema era un éxito y un clásico en sí mismo. A partir de este disco, Sandro, ya convertido en una máquina de éxitos, se erigía en una superestrella de la música y el cine, gran herramienta para que su imagen también se expandiera en toda América.
Las bases y columnas con las construyó su mito pueden verse en este disco: sencillez compositiva, perfecta interpretación y llegada popular. Pocos artistas pueden mostrar semejantes medallas.


lunes, 27 de abril de 2020

"El Gigante" González: una vida con un triste y solitario final


El 22 de septiembre de 2010, Jorge “El Gigante” González, que al momento de su muerte medía 2,32 metros y pesaba 210 kilos, moría en El Colorado, Formosa, donde había nacido y en donde vivía desde hacía unos años. Al día siguiente su hermano Ricardo, que jugaba al rugby en el Bermejo Club, convocó a doce compañeros de equipo para que llevaran el impresionante ataúd hecho a medida al cementerio local. Jorge, de tan sólo 44 años, había muerto acechado por una diabetes feroz, un debilitamiento general de las articulaciones y una falta casi total de movilidad en sus piernas que lo habían postrado en una silla de ruedas. Esto es un breve y triste detalle de su corta e intensa vida.


I

Jorge González nació en El Colorado, un pueblo de menos de 10.000 habitantes situado entre dos arroyos tributarios del Paraná, el 31 de enero de 1966. Desde muy niño empezó a verse muy diferente a todos. Hijo de un matrimonio muy humilde, trabajó desde pequeño en la recolección del algodón y en plena niñez comenzó a aventajar a los chicos de su edad en volumen y en altura. Con sólo 16 años ya medía 2,18 metros y en ese pueblo chico, sin atractivos, casi perdido, llamaba la atención de todos. Por ese entonces, casi de casualidad, un hombre ligado al básquet de la región, Oscar Rozanovich, lo ve y al instante vislumbra la oportunidad de reclutar para ese deporte a alguien con una característica poco común para el biotipo argentino: un jugador muy por arriba de los dos metros. Una rareza lista para ser aprovechada.
Casi de inmediato, “El Gigante” González, se trasladó a Chaco, en donde comenzó a entrenarse y jugar en el Hindú Club de Resistencia. Rápidamente empezó a llamar la atención del mundo del básquet. Las características del jugador llegaron a oídos del gran León Najnudel, creador de la Liga Nacional, en ese entonces técnico del seleccionado nacional. Viajó al Chaco a conocerlo, lo convenció de cambiar hábitos y alimentación para volverse profesional e hizo los arreglos para alojarlo en Buenos Aires. Lo fichó en Gimnasia y Esgrima La Plata y lo cuidó y protegió casi como a un hijo. Al cabo de pocos años, lo citó a una gira que la Selección hizo por Cuba en donde pudo debutar en un partido internacional. En ese tiempo, González fue perfeccionando movimientos, tonificando su cuerpo y agilizando sus traslados. Estaba casi listo para pegar el salto a las ligas mayores. El esfuerzo al que sometía a su cuerpo era tremendo, pero daba resultados a pesar de estar siempre dispuesto a placeres por fuera del entrenamiento; tenía que luchar con su tendencia al sobrepeso y al gusto por las salidas y el cigarrillo.

II

En poco tiempo su ascenso en el básquet fue fulgurante. En 1987 lo contrató Sport Club de Cañada de Gómez, uno de los equipos pesados de la Liga Nacional, y el portorriqueño Flor Meléndez, nuevo técnico de la Selección, lo convoca nuevamente. A pesar de una lesión en la rodilla que lo tuvo ocho meses parados, participa en el 88 del Preolímpico de Montevideo. Con 2,28 metros de altura, su presencia fue sensación y los scouters de Atlanta Hawks, propiedad del magnate Ted Turner, dueño entra otras cosas de la CNN, no desaprovecharon la oportunidad. Viajaron a Buenos Aires, tramitaron la visa en tiempo récord y compraron su pase en apenas 30.000 australes. Una pequeña fortuna para el club santafesino, unos centavos para un equipo NBA. Casi sin darse cuenta, Jorge “el Gigante” González era drafteado y viajaba a cumplir un sueño imposible para un basquetbolista argentino: el ingreso al mundo de la liga más grande y espectacular del mundo.
Instalado en Atlanta se sorprendió un poco; ya no era un fenómeno, casi todos sus compañeros superaban los dos metros. Incluso la NBA tenía un jugador más alto que él, el sudanés Manute Bol, de 2,29 metros, que lo superaba por un centímetro. Lo cosa no sería llegar y jugar, lo sometieron a una rigurosa dieta y un exigente plan de entrenamiento. Debía bajar por lo menos 20 kilos y mejorar la tonificación de músculos y la movilidad, su cuerpo no estaba preparado para ese nivel de exigencia. No tardó en darse cuenta que el sacrificio enorme que estaba haciendo no convencía al cuerpo técnico de los Hawks: nunca fue citado a participar con el equipo. Después de varios meses de trabajo silencioso empezó a tomar conciencia que su vuelta a la Argentina sería inminente.
Richard Kane, el scout que lo viera en Montevideo y lo llevara en una operación relámpago a Atlanta, pronto se convenció que el destino del misionero no era el básquet. Distintos estudios médicos le diagnosticaron una diabetes feroz, graves problemas en sus rodillas y, lo más grave, una enfermedad que explicaba su cuerpo enorme en talla y peso. Jorge padecía de acromegalia, también conocida como gigantismo, una rara enfermedad crónica causada por una secreción excesiva de la hormona del crecimiento producida por la glándula pituitaria. Los estragos que provoca la enfermedad se van produciendo lentos pero inexorables: desfiguración progresiva del cuerpo, especialmente de la cara y las extremidades, con crecimiento desproporcionado del rostro, pies y manos. Sumado a esto van apareciendo otros graves trastornos: agrandamiento de vísceras y órganos, dolores musculares y articulares, fuertes dolores de cabeza, hipertensión, diabetes, impotencia sexual. Un cóctel de calamidades muy difícil de soportar. “El Gigante” González no era sólo un fenómeno extraño y anómalo. Era una persona enferma de gravedad, y con un pronóstico de vida difícil y que podía llegar a ser muy corto.


III

La franquicia de Turner no estaba dispuesta a perder ni un centavo de sus inversiones, sean estas grandes o pequeñas. El multimillonario era dueño, además, de la cadena televisiva TNT, que entre otras atracciones transmitía el Campeonato Mundial de Lucha, la famosa WWC. Para 1989 la lucha libre era muy popular en Estados Unidos, una mezcla de deporte y espectáculo circense, que congregaba multitudes y tenía una audiencia global. Richard Kane le ofreció a González un muy buen contrato de varios años para que dedicara a pelear en la WWC. Aceptó de inmediato lo que era una salida casi perfecta a su situación. Se aseguraba un ingreso en dólares que le solucionaba varios problemas y le permitiría ayudar a su familia, que seguía en la pobreza de El Dorado. Se terminaba, además, con la tortura de exigirle a su cuerpo un esfuerzo que lo estaba consumiendo. Abandonaba para siempre el básquet, el deporte que lo había sacado de la más extrema pobreza y lo había hecho sentir importante. No pisaría un piso de parquet nunca más en su vida.
Adiestrado por un ex luchador profesional, en 1990 debutaba en la WWC con el nombre de “Giant” González transformándose en un verdadero fenómeno. Era el luchador más alto del campeonato y a lo largo de seis años recorrió, en una vida casi de rockstar, todo Estados Unidos y varios países de mundo peleando más de 1.400 peleas, de las cuales sólo perdió tres. Usaba un extraño traje que le simulaba músculos marcados y se dejó crecer la barba. Se había convertido en una verdadera estrella de la lucha, a pesar de no poder materializar en grandes contratos semejante suceso. En el 93 firma contrató con la WWF, la liga rival en la que peleaba, con un mejor contrato. Pero sus performances habían bajado mucho de nivel y decidieron despedirlo apenas un año después. “Giant” González se encontró sin trabajo y a la deriva. Aceptó un contrato para pelear en Japón y en el 94 debuto en ese país con gran suceso. Sin embargo, su cuerpo enfermo empezó a pasarle facturas. En una de las peleas sufrió un desmayo por lipotimia y los médicos fueron terminantes, la diabetes estaba en un punto crítico y debía abandonar la actividad.


IV

Solo, enfermo, con la pequeña fortuna ganada despilfarrada, en 1996 Jorge González volvía a la Argentina y al El Dorado. Recluido en su pueblo, decidió administrar los ahorros que le quedaban para tratar de sobrevivir lo mejor posible. Compró una casa y le hizo adaptar todas las aberturas para que su cuerpo se traslade con mayor comodidad. Sin trabajo, sin atención médica, sin ingresos fijos, se dedicó a dejar pasar las horas y los días. Sabía que su enfermedad lo iba a deteriorar cada vez más, le habían dicho que el promedio de vida para los que sufrían de acromegalia era de alrededor de 45 años. Los problemas físicos comenzaron a acumularse; se transformó en insulinodependiente, su visión sufría un grave deterioro al punto de quedar casi ciego de un ojo, una artrosis progresiva y los problemas de rodilla lo dejaron casi inmovilizado, obligado a usar silla de ruedas. Entrado el nuevo siglo su estado emocional, físico y económico comenzó a caer en un declive inexorable.
Gracias al aporte de varias personalidades de Formosa y la difusión que tuvo en varios medios deportivos su situación, “El Gigante” tuvo alguna ayuda que permitió amortiguar un poco los pesares de sus últimos años de vida. El mundo del básquet, a través de la Confederación, también acercó su ayuda, con donación de ropa, calzado y algunos electrodomésticos. Pero su situación ya era irreversible. Con poco más de 40 años, internado en un hospital público de Chaco, acechado por la diabetes y muy deteriorado físicamente, moría casi en soledad.



V

En sus últimos años había dado algunos reportajes contando su derrotero y su situación actual. Una nota muy comentada que le dio al noticiero Telenoche poco años antes de morir, concluía con una definición perfecta de su vida: “No voy a encontrar jamás mi lugar, no en la sociedad que vivimos, este mundo no está hecho para un hombre de dos metros y treinta centímetros”. Al momento de su muerte había superado su propia marca. Ese 22 de septiembre de 2010, con 44 años, medía 2,32 metros. Un gigante argentino, en un triste y solitario final.

miércoles, 22 de abril de 2020

Vinilo XX - Works Volumen 1 – Emerson, Lake & Palmer (1977)


I

Cuando se repasa la era de oro de los grupos de rock sinfónico (desde fines de los 60 hasta mediados de los 70), los críticos más acérrimos del movimiento no dudan en señalar a Emerson, Lake & Palmer como el ejemplo más claro de la desmesura, la megalomanía y la autorreferencia que los había envuelto a muchos de ellos. El trío venía de editar un álbum triple en directo: Welcome Back my Friends to the Show that Never Ends (1974) y se había tomado un tiempo para descansar de las extensas giras y el éxito arrollador de sus discos anteriores y replantearse cómo seguir. Muchos pensaron que quizás estaban cansados de la grandilocuencia. Se equivocaron por mucho. Keith Emerson (teclados y sintetizadores), Greg Lake (bajo, guitarras y voz) y Carl Palmer (batería y percusión) decidieron grabar a partir de 1976 un ábum doble que les permitiera mostar todas sus dotas compositivas en grabaciones solistas. Para eso destinaron un lado completo por vinilo para cada uno de ellos, dejando el restante para las grabaciones como trío. El disco, editado en marzo de 1977, volvió a posicionarlos como grupo exitoso, a pesar de la complejidad de la música que querían mostrar y de que el sinfonismo parecía amenazado de muerte por movimientos como el punk, la new wave y la música disco.

II

En la práctica, el trío ya había dejado de ser un grupo, por lo que el modus operandi de esta nueva grabación fue una bendición para la armonía de la banda. Era como si cada uno de ellos grabara un disco solista. Keith Emerson ocupó todo el primer lado con un concierto para piano con tres movimientos, una trabajo de largo alcance que el tecladista quería que fuera atemporal y pudiera ser tocado en el futuro por cualquier músico clásico. La obra, que fue titulada Piano Concerto No. 1, contó con la participación de la Orquesta Filármonica de Londres y Emerson la tocó íntegra en un piano de cola Steinway. El tercer movimiento, Toccata con fuoco, fue el más famoso y el que eligieron para tocar en vivo. Lidiar con músicos de formación clásica le trajo muchos dolores de cabeza al autor, aunque finalmente, tras largos meses, logró concluir su obra soñada.
El lado dos fue ocupado por Greg Lake con un conjunto de cinco baladas acústicas coescritas con el poeta inglés Peter Sinfield, quien había trabado en los primeros discos de King Crimson, una de las vacas sagradas del rock progresivo. C'est la Vie, una bella melodía que homenajeaba a la canción francesa, fue la que tuvo mayor difusión. En el lado tres, el baterista Carl Palmer se dió todos los gustos: también agregó acompañamiento orquestal e incluyó, entre otras cosas, dos arreglos de piezas clásicas de Johann Sebastian Bach y Sergei Prokofiev.
El lado cuatro, final del doble álbum, volvían a reinventarse como el gran power trío sinfónico que eran, grabando juntos la pieza moderna Fanfare for the Common man de Aaron Copland, tocada a puro rock, y Pirates, escrita por los tres, y que contó con el acompañamiento de la Ópera Nacional de París. En ambas piezas Emerson se da panzadas con el sintetizador. Los muchachos no se andaban con chiquitas y no les sobraba la modestia.

III

El disco, que derrochaba pretenciosidad, no fue bien recibido por la crítica, que empezaba a burlarse de ellos. No se amilanaron, y a pesar de que el éxito no los acompañaba de la misma manera, decidieron emprender una gira grandiosa que los llevó por Europa, EEUU y Canadá entre el 77 y el 78. En los primeros shows se hcicieron acompañar por una orquesta sinfónica; los altos costos operativos y los problemas acústicos que generaba tocar en grandes estadios, los obligaron a suprimirla. Posteriormente editarían Works Volumen 2, con material sobrante, y un disco en vivo, Works Live, que tuvo muy buenas ventas y tomaba los mejores registros de esa gira. El rock sinfónico, como se lo llama por entonces, empezaba a mostrar claros signos de agotamiento. Emerson, Lake & Palmer mostraba que en este doble disco monstruoso todo lo bueno y malo de su exitosa carrera: suprema calidad impregnada de megalomanía. El tiempo se les empezaba a agotar.



sábado, 18 de abril de 2020

Vinilo XIX - El jardín de los presentes - Invisible (1976)



I

Después de dos hazañas mayúsculas —Almendra y Pescado Rabioso— Luis Alberto Spinetta se propuso lograr un sonido que resumiera todas sus búsquedas artísticas. Su deseo era amalgamar la canción impregnada del sonido de Buenos Aires de su primera banda con la electricidad poética de la segunda. Para eso decidió crear un grupo que reuniera todas esas inquietudes musicales. Así nacía Invisible; primero como trío, de la mano de los ex Pappo's Blues Pomo Lorenzo y Machi Rufino, luego como cuarteto, con la incorporación de un casi adolescente Tomás Gubitsch en guitarra.
Invisible grabó dos grandes discos como trío: el primero sería Invisible (1974) y luego Durazno Sangrando (1975), hoy considerados clásicos. Para el tercer opus, Spinetta decidió incorporar a un muchachito 18 años que sería la segunda guitarra del grupo, volcando cada vez el sonido a una rara, única y bella mezcla de jazz rock y tango. En los viejos estudios de la CBS, Invisible grababa en los primeros meses de un nefasto 1976, El Jardín de los Presentes, que sería considerado una verdadera obra maestra.

II

La precisión interpretativa de la nueva formación de Invisible pronto la transformó en un supergrupo que aglutinaba en su música claras raíces tangueras con pasajes instrumentales de tonos jazzísticos, dejando de lado la distorsión de Pescado Rabioso, por ejemplo. El sonido de la segunda guitarra, a cargo del joven Gubitsch, le dió riqueza y profundidad a la banda. El guitarrista tenía una fuerte formación que venía del jazz y al año siguiente pasaría a formar parte del octeto de Astor Piazzolla. El tango pasaba a formar una alianza con el rock que sería desarrollada más adelante por otros músicos del palo.
El comienzo del disco es con la extraordinaria El Anillo del Capitán Beto, la porteñísima historia de un colectivero vuelto viajero espacial atrapado en la más triste soledad. Una tema emblemático en la prolífica discografía de Spinetta. Pero las sorpresas no terminaban con ese arranque perfecto. La bellísima Los libros de la buena memoria, otra canción spinettiana de cabo a rabo, tocaba otra cima. En Alarma entre los Ángeles y en Qué ves el cielo se pueden ver al progresivo fusionado con el jazz en toda su dimensión. El lado B arrancaba con la misma temática, con grandes participaciones de todos los músicos en Ruido de Magia y en Doscientos años, esta vez con la banda claramente inclinadas hacia el jazz rock.
Pero Spinetta se reservaba el cierre del disco para dos gemas: la emotiva y poética Perdonado (niño condenado) y Las golondrinas de Plaza de Mayo. En Perdonado, nuestro héroe escribe una página eterna con la banda en la cima de sus posibilidades interpretativas. Arte puro en el momento más negro de nuestra descolorida república.

III

Publicado a mediados de 1976, el disco fue recibido con excelentes críticas y éxito inmediato. El arte de tapa fue diseñado por el fotográfo Eduardo Martí, gran amigo de Spinetta, y el diseño del sobre interior estuvo a cargo del mítico Juan Gatti, autor de grandes tapas del rock nacional.
El Jardín de los Presentes fue presentado en un Luna Park completo en agosto de ese año y Spinetta vivía un momento de gran popularidad. Su reconocimiento era tal que hasta fue invitado a participar en la famosa tapa que todos los años la revista Gente hacía con los personajes del año, en épocas en donde el rock nacional no era reconocido en forma masiva. Spinetta parecía no tener techos ni límites en la expansión de su arte. Con sólo 26 años ya era una leyenda.


viernes, 24 de marzo de 2017

Vinilo XVIII – Band on the run


I

Debe haber sido muy difícil ser un ex beatle inmediatamente después de la separación de los fabulosos cuatro. Con John Lennon a full en su relación con Yoko Ono, con George Harrison liberado artísticamente y componiendo algunas de sus mejores canciones, con Ringo Starr viviendo una vida de dandy despreocupado, quizás haya sido Paul McCartney quien llevara la parte más pesada de la cruz. Paul fue el primero en anunciar la definitiva separación de The Beatles y el primero en grabar un álbum solista, titulado simplemente McCartney (1970), de carácter minimalista, como si quisiera expresarse en voz muy baja tras los ruidos estruendosos que acompañaron el fin de la banda de rock más grande de todos los tiempos. El éxito comercial fue inmediato;  sin embargo, la crítica fue un tanto reticente. Casi en forma inmediata y acompañado de su esposa Linda Eastman (fotógrafa profesional, fue la primera mujer en ser autora de la portada de la revista Rolling Stones), grabó otro disco de temática similar, Ram (1971), en donde Paul toca casi todos los instrumentos. Obsesionado con ser reconocido como en sus mejores épocas con The Beatles, McCartney decidió formar una banda, a la que llamó Wings, y en donde además de su esposa Linda, lo acompañaban grandes músicos como el guitarrista Danny Laine y el baterista Denny Seiwell. Sus más grandes composiciones habían salido a la luz en la tensión creativa que los Beatles conservaron hasta último momento, quizás la falta de ese amparo haya servido para movilizarlo a formar una banda. Con ellos graba Wild life (1971) y Red rose speedway (1973); esta vez el éxito comercial y la buena crítica se unían para alabar a unos los músicos fundamentales de siglo XX. Paul McCartney volvía a sonreír.


II

Motivado por la repercusión de Wings, McCartney decidió volver a componer en forma rápida, pero aburrido de la monótona forma de grabar de Londres, decidió buscar algún lugar distante para viajar y registrar sus nuevos temas. Le pidió a su compañía discográfica, EMI, que le pasara un listado de todos los lugares en el mundo donde tuviera estudios de grabación propios. Multinacional al fin, EMI tenía filiales en los lugares más remotos. En algún momento se barajó a Buenos Aires, que tenía los mejores técnicos y estudios de Latinoamérica, pero Paul se decidió por el más exótico: Lagos, en Nigeria. Nadie podía creerlo, ni sus propios músicos. McCartney no se amilanó ante ningún obstáculo, ni los trámites, ni las vacunas que todos debieron darse, ni las advertencias de una situación social complicada lo detuvieron. Sin embargo, a pocas horas de partir, varios de los músicos que lo acompañaban se arrepintieron, por lo que sólo viajaron Paul, su esposa Linda, el guitarrista Denny Laine y el histórico ingeniero de grabación de The Beatles, Geoff Emerick. Llegados a destino, las cosas ya no serían tan románticas como las pensó Paul.


III

McCartney alquiló una casa cerca del aeropuerto y un poco distante del estudio de grabación que estaba bastante lejos de tener las mejores condiciones. Parecía semiabandonado, sucio, desarreglado, con una de las dos consolas de grabación que tenía en mal estado. Emerick usó todos sus trucos para dejarla en condiciones;  pero claro, todos venían de grabar durante años en Abbey Road, las diferencias saltaban a los ojos. Las dificultades comenzaron a acumularse unas tras otras. Las grabaciones se hacían de día, entre la mañana temprano y la tarde, nadie quería moverse de noche en una ciudad signada por la violencia y la represión de una feroz dictadura. El calor se hacía insoportable, tanto, que en una de esas mañanas Paul se desmayó, no reaccionaba y debió ser internado. El clima y el consumo excesivo de cigarrillos le habían provocado una trombosis que pudo controlarse. Superado el trance y de vuelta a las grabaciones, una grupo de músicos locales se manifestó frente al estudio porque consideraban que los músicos ingleses venían a robarle sus raíces culturales. Hábil relacionista público, nuestro héroe habló horas para congraciarse con los manifestantes. Logró el éxito con creces, terminó zapando con varios de ellos en el estudio. Una noche sufrió el robo de varias de las bases que había llevado pregrabadas de Londres. Casi encaprichado, dispuesto a no admitir un fracaso, Paul grabó nuevamente todo tocando todos los instrumentos. Una hazaña musical en las peores condiciones posibles.


IV

Contra el calor, las dificultades técnicas, la regrabación de las pistas, la hostilidad del entorno y su propia salud, McCartney y compañía terminaron la grabación. Festejaron con una gran comida en la playa y emprendieron el retorno a Londres. En el estudio de George Martin se hicieron los últimos retoques y sobregrabaciones y terminaron el trabajo. Una vez publicado, el éxito y el reconocimiento fueron unánimes: por gran diferencia todos afirmaban que se trataba del mejor trabajo del ex beatle, a la altura de sus mejores composiciones. El disco tiene un sonido crudo y muy claro y está repleto de grandes líneas melódicas y una gran inspiración en las letras. La suite que le da nombre al disco es una las grandes creaciones de McCartney; “Band on the run” tiene varios fragmentos pegados de bellas melodías y pulso rockero, un master class de música contemporánea eterna, a la altura de los mejor de su extenso repertorio. Lo acompañan otros temas que se convertirían en clásicos: “Jet”, “Let me roll it”, “Mrs Vandebilt”, “Nineteen hundred and eigthy-five”, entre otros. Paul estaba tan satisfecho con el resultado que se decidió a volver a tocar en grandes lugares, reversionando algunos de los clásicos de The Beatles, algo que había evitado por mucho tiempo. Por fin, se sentía seguro de lo que era capaz de hacer en solitario. La tapa fue otro hallazgo y se convirtió en el tiempo en icónica. La fotografía que la ilustra muestra a McCartney y los otros Wings más un conjunto de celebridades sorprendidos contra un paredón por un reflector de la policía. Entre esos famosos estaban los actores Michael Parkinson y Christopher Lee, este último célebre por sus papeles interpretando a Drácula, Clemed Freud, parlamentario británico y nieto de Sigmund, y John Conteh, boxeador de Liverpool, que un tiempo después sería campeón mundial, entre otros.


V

El éxito comercial fue enorme y Paul McCartney volvía a posicionarse como el gran compositor popular del siglo XX. Band on the run se convertiría con los años en un clásico perenne, resistente a las modas, los años, los sistemas de grabación, el mito de su autor y a la altura casi inalcanzable que The Beatles habían desarrollado la década anterior. La aventura loca de una grabación en Nigeria en 1973, al principio romántica, luego azarosa, al final casi muy peligrosa, paría un disco brillante y eterno. Un nuevo legado del gran Paul McCartney. 

miércoles, 25 de enero de 2017

A la caza de la ballena blanca

Una lectura de Sombras verdes, ballena blanca de Ray Bradbury

Ray Bradbury es una marca ineludible y universal en la literatura de la ciencia ficción. Bastaría nombrar a Crónicas marcianas (prologada en Argentina nada menos que por Borges), El hombre ilustrado, Fahrenheit 451 o Las doradas manzanas del sol, para tomar dimensión sobre quien estamos hablando. Pero semejante celebridad tuvo también otros trabajos paralelos (y complementarios) a su oficio de escritor, entre los que se cuentan el de periodista y el de guionista de cine. En 1953, con poco más de 30 años, recibe una oportunidad única de triunfar en el difícil mundo de Hollywood; el célebre director John Huston le encarga escribir en conjunto el guión de la adaptación para el cine de la novela de Herman Melville, la canónica y majestuosa Moby Dick.

I

El joven Bradbury se enfrentaba con este ofrecimiento a dos grandes desafíos: adaptar al lenguaje del cine una obra inmensa y que, increíblemente, hasta ese momento no había leído y trasladarse a Irlanda por varios meses, lugar donde Huston se había radicado desde hacía algunos años. Dejando atrás a su esposa e hija decidió aceptar el desafío y viajar a la vieja Europa a enfrentarse con la mitológica ballena blanca y a los modales y el carácter de un director pedante y caprichoso, el temido realizador de hazañas como El halcón maltés o El tesoro de la Sierra Madre. Bradbury lee y relee furiosamente a Moby Dick (¡nueve veces!) para lograr captar la esencia de esa historia gigante y conmovedora y comienza a desandar el camino del guión. Para ello, acuerda las líneas maestras de la redacción con Huston, que de hecho coescribe el guión, y durante meses, solitario y perdido entre los siempre verdes paisajes de Irlanda, lucha y vence en su titánica tarea. En el medio, Bradbury vive a Irlanda, descubre a Dublin, a su gente, su historia y sus costumbres. Y escritor al fin, decide tomar notas de cada cosa que escucha, que ve y que hace. El tiempo transformó esa experiencia en un libro magnífico, una rareza en su bibliografía y que es varias cosas al mismo tiempo: una novela, un conjunto de misceláneas, una crónica, una ficción. Hablamos del libro que nos ocupa, este muy entretenido Sombras verdes, ballena blanca.

Ray Bradbury y John Huston trabajando en el guión de Moby Dick, Irlanda, 1953.
II

Afiche promocional de la película.
La novela de Bradbury, está planteada como eso, una novela, 
y a sí puede leerse. Lo atrayente de su recorrido es que nunca sabemos en forma cierta cuánto hay de ficción y cuanto de crónica de los que nos cuenta. Esa sabia mezcla es el mayor encanto de este raro libro. El joven guionista, en plena pelea con la mítica ballena nos pinta al pueblo irlandés con mano maestra. En la mayoría de sus horas de ocio se instala en uno de los cientos de pubs de Dublin y entabla amistad y conversación con el dueño y sus parroquianos, entre cerveza bebida a raudales y charlas desopilantes por lo graciosas o profundas por lo incisivas. Bradbury encuentra en esas horas en el pub la esencia de un pueblo: sus costumbres, sus valores, sus defectos, sus frustraciones. En el medio nos deleita con un puñado de relatos tomados de sus experiencias y que el autor ficciona con gracia, humor y profundidad. Por supuesto, la monstruosa –en todos los sentidos­- Moby Dick sobrevuela toda la novela. Bradbury cree entender el sentido último del libro que aborda pero debe lidiar con las estrecheces del formato al que debe adaptar el relato. Finalmente decide junto a Huston, limitar la historia a Ahab, a su obsesión y a su triste final. El trabajo junto al viejo director, fue difícil por todo lo que rodeaba a su figura. Su trato con todo su séquito era bastante desagradable, bordeando el mal gusto y la humillación, incluso con su mujer: el mundo de un millonario caprichoso. Bradbury lo soporta entre estoico y sorprendido y la imagen que muestra de todo lo que rodea al director es brutalmente dura, pero sin perder nunca la ironía y el humor. Finalmente, ambos guionistas logran vencer a la bestia, el trabajo termina y nuestro autor vuelve a su país. Quedaba la hazaña de filmar, pero eso ya era trabajo de Huston.

III

Este Sombras verdes, ballena blanca es una rareza llena de felicidades. Encontramos en sus líneas a un muy joven escritor, en las puertas de la fama mundial, que con buen gusto y un poder de observación únicos, nos regala una novela muy entretenida. Una novela con una sabia mezcla de géneros que nos muestra a un país y a su gente con agudeza y humor. Este Ray Bradbury casi oculto nos regala un ejercicio magnífico de literatura de gran clase que, mezcla de novela de aventuras y diario de viaje, pinta a un pueblo y sus costumbres con la precisión y el ingenio de un consumado cronista. 

La película puede verse en línea a través de este link: Moby Dick, de John Huston, 1956

Ficha del libro
Título: Sombras verdes, ballena blanca
Autor: Ray Bradbury
Edición: Emecé, 1° edición, mayo 1993, Bs. As., Argentina.

jueves, 10 de marzo de 2016

El encanto de un libro perdido y encontrado

Reflexiones acerca de Claraboya, de José Saramago

I

A fines de los 80, José Saramago, ya escritor de renombre en el mundo editorial, futuro Premio Nobel de Literatura, recibe una llamada inesperada. Una editorial se comunicaba para transmitirle la buena nueva de que revisando sus archivos había encontrado el original de Claraboya (Clarabóia, en portugués). Escrita en 1953 había permanecido más de treinta años no sólo inédita, sino perdida hasta para su propio autor. El creador de Ensayo sobre la ceguera no dudó un instante: se hizo rápidamente de su segunda novela y rehusó la oferta de la editorial para su publicación. De nada sirvieron los ruegos de su mujer, la traductora al español de todas sus obras, Pilar del Río, y de su editor, que insistieron en lo que sabían podía ser un éxito editorial seguro: la edición de la novela perdida y encontrada del escritor portugués más traducido en el mundo. Saramago lo prohibió en forma terminante, habían pasado más de tres décadas desde que la había terminado, su tiempo había ya pasado, si querían verla impresa tendrían que esperar a su muerte. Ni siquiera intentó releerla. Aunque algún valor le otorgaría porque a pesar de tanto rechazo, no la destruyó.

II

Tierra de pecado es el primer libro publicado por José Saramago. Editado en 1947, pasó por las librerías sin pena y sin gloria. Para 1953, el portugués fatigaba las editoriales de su país tratando de que alguien le publicara Claraboya, su segunda novela. No tuvo suerte. Ni siquiera consiguió una explicación a tantas negativas, sólo la indiferencia o el silencio. El dolor del rechazo logró que el autor no escribiera por casi veinte años y que el original que tenía en su poder se perdiera entre otros papeles. El desprecio a su obra mutó a humillación, la humillación en dolor, el dolor en silencio. Pero la obra perdida del portugués tenía muchas felicidades escondidas: una historia que transcurre en un edificio de una Lisboa gris y bajo la opresión de una dictadura que no se nombra pero se presiente, un relato coral repleto de mujeres fuertes y hombres solitarios, una novela novedosa y muy arriesgada para una sociedad represora y reprimida. Recién hacia fines de los 70 Saramago volvería a publicar, acompañando su renacer literario a un Portugal que volvía a ver el sol de las libertades públicas. A partir de allí su carrera su carrera literaria no conocería límites: éxito editorial, reconocimiento de la crítica, traducciones alrededor del mundo y finalmente, el Premio Nobel en 1998.

III


En 2010 José Saramago muere en las Islas Canarias, donde residía desde hacía años. Su mujer Pilar creó una fundación que lleva el nombre de su ilustre esposo muerto y que, además de algunas obras filantrópicas, administra el cuidado y la edición de toda la bibliografía del autor de El Evangelio según Jesucristo. Esta vez no había nadie que se opusiera a la publicación de Claraboya, el libro perdido y encontrado de una celebridad mundial. Saramago era ya una marca que vendía por sí misma y Alfaguara, aprovechando la publicación de toda la obra del autor, produce en 2011 un enorme impacto editorial editando un texto inédito por casi 60 años de una vaca sagrada de la literatura. ¿Estaría José Saramago, ese escritor famoso, que estuvo 20 años sin escribir herido por un rechazo editorial, finalmente feliz de la publicación de su Claraboya? No haberla destruido, revivir acaso los sacrificios y desvelos para escribirla, recordar quizás a la decena de fuertes personajes que la pueblan, decir que no se publicaría jamás con él en vida, es quizás una respuesta que podría interpretarse de muchas maneras. Me pregunto, además, qué pensarían otros autores de la publicación póstuma de sus obras. ¿Una última forma de pedantería o exhibición como a lo mejor sea toda publicación? ¿Un negocio editorial sin medición de valores estéticos o voluntades personales? ¿Una forma de mantener viva la influencia de la obra de toda una vida en la mente de millones de lectores? No está aquí Saramago para contestarlo o, quizás, se encuentre alguna respuesta en la lectura de esta feliz y sorprendente Claraboya, varias décadas después de ser escrita y rechazada.

jueves, 22 de octubre de 2015

Vinilo XVII - Clics Modernos


Después de la celebradísima y exitosa edición de su primer disco solista Yendo de la cama al living (sobre el ya escribiéramos en este blog; ver aquí), Charly García emprendió a comienzos del 83 un viaje a Nueva York con el propósito de comprar nuevos instrumentos y ver de cerca la movida musical de la gran ciudad. Enseguida se sintió más que a gusto con su gente y sus músicos. Un nuevo mundo artístico de abría a su sensibilísima antena de artista popular. Reencontrando nuevamente a Pedro Aznar, que tocando en la banda de Pat Metheny hacía meses vivía en Estados Unidos, García se hizo de varios instrumentos y empezó a componer canciones que daban cuenta del estado de ánimo exultante que tenía en esta experiencia de viajero inquieto. El talento creativo de Charly no sólo estaba secundado por la prodigiosa técnica de Aznar, una nueva compañera lo asistía en el proceso creativo, una compañera que le haría cambiar la manera de componer y pondría patas para arriba su sentido del ritmo en relación con la melodía: la batería electrónica Yamaha TR808.

Último chiche tecnológico del primer mundo musical, la TR808, obligaba a Charly a componer supeditando la melodía o los sonidos al ritmo machacoso de la electrónica. Un nuevo mundo se abría en la prolífica y genial composición y las canciones, nuevas, contundentes, emotivas, salían unas tras otras para crear algo nuevo que revolucionaria el sonido de una década. El gran músico popular argentino se juega el resto, gastando casi todo su dinero en alquilar horas de grabación en el histórico estudio de grabación Electric Lady (ahí grabaron entre otros Jimi Hendrix y The Clash) y contratando al productor más caro disponible, Joe Blaney, que sería fundamental en la grabación y que luego produciría otros discos clásicos de músicos argentinos, como Alta suciedad de Andrés Calamaro, por ejemplo. Charly se propuso grabar en el estudio con un batero de carne y hueso, pero como nada lo conformaba, y luego de muchas horas de sesiones desperdiciadas, se decidió por respetar las bases grabadas de la batería electrónica y sobre ellas realizar una de los registros fundamentales del rock nacional.

Nacía del cerebro lúcido del gran Charly García el trascendental Clics Modernos. Editado en Argentina el disco desconcertó a todos. ¿Es que ahora el rock argentino se podía bailar? A pesar de ser un disco pop-rock, nunca pierde cadencia, ni las melodías desaparecen sepultadas por el ritmo. El gran bajo de Aznar y el piano maestro de García, junto a otros músicos sesionistas top, logran un puñado de canciones inmortales, que aún hoy parecen sonar en el futuro. Nos siguen pegando abajo, No soy un extraño, No me dejan salir, Nuevos trapos, Plateado sobre plateado, Los dinosaurios. Nunca se había escuchado por estos lados estos nuevos sonidos mágicos, este riesgo estético, este salto hacia adelante tan ariesgado. En principio ampliamente resistido por crítica y público, Clics Modernos se fue convirtiendo en un disco esencial que nadie duda en nombrar como uno de los cinco fundamentales del rock argentino. Todavía sigue sonando como si hubiera compuesto y grabado en el futuro.

lunes, 28 de septiembre de 2015

miércoles, 24 de junio de 2015

Genetics y Steve Hackett: la celebración de una música eterna

Con dos exitosas presentaciones en el Teatro Coliseo los días 17 y 18 de junio, Genetics volvió a los escenarios tras la trágica muerte de su frontman Nacho Rodríguez Genta, estrenando nuevo cantante y con la participación estelar del miembro original de Genesis Steve Hackett. Emoción y magia para recrear como nadie las gemas de la música eterna del legendario grupo inglés.


Quizás los momentos más oscuros nos lleven a otros momentos luminosos y mágicos. Algo de eso deben haber pensado los miembros de Genetics cuando se vieron y escucharon en el familiar escenario del Coliseo acompañados nada más y nada menos que por el legendario Steve Hackett, miembro original del Genesis de los dorados años 70. Si ya habíamos destacado la notable performance de Genetics tocando en forma inigualable esos clásicos eternos, hacerlo junto al guitarrista original, coautor e intérprete de muchas de esas páginas, fue un logro artístico mayúsculo. A las cualidades remarcadas del grupo se le sumó el arte, la entrega y la generosidad escénica y artística de un prócer de la guitarra en dos noches mágicas y eternas. Con una escenografía austera, una iluminación exacta y precisas proyecciones que acompañaron las canciones, lograron el clima exacto para la celebración y el homenaje.

Tomás Price, nuevo frontman de Genetics
Una de las incógnitas de la noche estuvo en saber quién y cómo reemplazaría a Nacho Rodríguez Genta en la voz principal. Tomás Price fue una grata sorpresa; quizás ayudado en que todas las miradas estaban puestas en Hackett, el debutante cantó admirablemente. No tiene la presencia escénica del ausente homenajeado, pero descolló en cada una de sus intervenciones: un verdadero hallazgo. El resto de la banda impecable como siempre. Daniel Rawsi en batería, Claudio Laface en bajo y guitarra, Horacio Pozzo en teclados y Leo Fernández en guitarra son Genesis. Uno cierra los ojos y resulta muy difícil no pensar que está escuchando a la vaca sagrada del rock sinfónico, a la banda más imaginativa, potente, dramática, operística y genial de toda la música progresiva de cualquier lugar y época. Si a eso le sumamos la presencia majestuosa del guitarrista original que tocó en esas grabaciones eternas, sabemos que el banquete estaba servido. Steve Hackett se comportó como un sabio generoso: tocó como nadie lo que tenía que tocar e hizo participar a Leo Fernández en proporciones casi iguales a las de él. El resultado fue magia en estado puro.

El gran Steve Hackett
El arranque fue con Dance on a volcano, primer tema del primer disco post Peter Gabriel; escuchar esos primeros acordes de Hackett erizó la piel. No fue la única vez: Dancing with the Moonlit night, The fountain of Salmacis y Firth of fifth fueron puntos altísimos, casi insuperables. El guitarrista inglés tocó con pasión y en forma inmejorable cada nota. Verdadero maestro de la guitarra, estudioso por años del instrumento y todas sus variantes, dueño de una generosa discografía solista, Steve Hackett no necesita excesivos yeites para deslumbrar ni sumar notas en breves tiempos para demostrar destrezas. Su manera de tocar hace alargar y profundizar el sentimiento de cada nota y cada acorde. Los magistrales y emocionantes solos ejecutados al final de The Lamia y la suprema obra maestra Supper’s Ready (que Genetics tocó íntegramente en su más de 20 minutos en gran forma) fueron demostraciones de que Hackett puede hacer que un instrumento nos hable, nos transporte, nos penetre. El maestro tuvo además un set acústico en guitarra española que desembocó en la genial Horizons, primer y breve track del lado B de Foxtrot, su segundo disco en Genesis.



Los extraordinarios bises con Watcher of the skies y la imperecedera The musical box cerraron una mágica noche de música y emociones. Los Genetics, renaciendo desde el dolor de la pérdida de su amigo y carismático frontman, se encontraron nuevamente con su público, con el talento sabio y generoso de Hackett, con la obra monumental de Genesis, con la certeza de que son bastante más que una banda tributo. Son una forma de arte casi renacentista, que con preciosismo y pasión, reviven una obra eterna. Salud Genetics, el milagro ha sido hecho y hemos podido escucharlo y verlo: Genesis no morirá jamás.