Busqué en la oscuridad
palpar la llave de la luz. No
la encontré. Sentí una pequeña alarma de los sentidos. Era un movimiento
mecánico, instintivo, casi animal. Extiendo el brazo derecho, todavía acostado,
abro la mano y mi dedo índice aprieta la tecla. Pero no había tecla.
Me incorporé. Mis pies desnudos sintieron el frío del piso.
Tampoco había alfombra.
La penumbra grisácea y
nebulosa, a la que mis ojos empezaban a acostumbrarse, me dejaba entrever o
adivinar una habitación con forma de cápsula o cabina.
Tuve miedo. Tuve frío.
Tuve ganas de gritar.
Tratando de no hacer
el más mínimo ruido, me vuelvo a meter en la cama y cierro los ojos. Rezo para
que el sueño vuelva otra vez.
La computadora estaba encendida y el texto
parecía todavía vivo. Sé que Juan Carlos lo dejó adrede para que yo lo lea. Voy
a despertarlo.
Este texto fue redactado por mí en unas de las clases del Taller Literario coordinado por Octavio Echevarría.
A Roberto
Arlt
Difícil tarea la del cobrador. Su cara era la
cara menos deseada de ver toda la empresa. Había otra más interesante, más estelar,
más visible: la de los vendedores. Ellos sí se llevaban todos los logros. Una
libreta de anotaciones, una lapicera, una sonrisa llena de dientes y a vender
ilusiones, promesas de ganancias, asegurar con la mayor convicción o caradurez
que si compraban tal cantidad de tal producto el éxito estaba a la vuelta de la
esquina. Él era la contraparte, el revés de la trama, la cara de las malas
noticias. Era el cobrador, el tipo indeseado que pasa a llevarse lo que supone
estaba para ganar.
Estaba harto de poner cara de perro para
recibir sólo reclamos, excusas o puteadas. Y nada de reconocimiento. Al final del
día siempre lo mismo. Las piernas cansadas, la garganta seca, el rictus serio
pegado a los gestos, y siempre el mismo sueldo pobre, básico, pelado, corto,
sin las atractivas comisiones que se llevaban las estrellas de siempre: los
vendedores.
Así que no lo pensó más. Imaginó este modus operandi. De modo sigiloso, sin
excesos, de manera selectiva y en silencio, se guardaría entre un quince y un
veinte por ciento de las cobranzas semanales para formar una caja persona que
le permitiera reforzar sus ingresos. Si lo hacía de manera prolija, pedaleando y
dibujando las rendiciones, podía darse algunos lujos prohibidos: alguna ropa
lujosa, alguna chica cara, alguna salida impensada.
Mientras todo se mantuvo en esos parámetros
–duró meses el engaño- nadie se percató de la aceitada bicicleta financiera de
nuestro cobrador. Si alguien le reclamaba un pago atrasado, regularizaba los
más viejos y seguía adelante. Nada podía ser más fácil. Hasta que dejó de
serlo.
De golpe la caja personal se desbocó, él mismo
había perdido la cuenta de las cobranzas de algunos clientes y el Departamento
de Legales empezó a acercarse peligrosamente hasta su puerta. En ese momento su
tan prolijo plan comenzó a resquebrajarse.
Cuando la abogada de la Cía. lo esperó en la
puerta de su oficina invitándolo a pasar a la sala del Directorio para una
reunión, lo comprendió todo. Acelerado, se abrió paso entre los empleados. Al
abrir la puerta de la gerencia, encristalada de vidrios japoneses, quiso
retroceder; comprendió que estaba perdido, pero ya era tarde. Con el puño
derecho todavía ensangrentado por los fragmentos de cristales destrozados, sólo
atinó a gritar: “Que no se entere mi familia”.
Los empleados de seguridad ya corrían por los
pasillos cachiporras en mano.