viernes, 16 de agosto de 2013

Pasión, ego y filosofía en el relato del hecho maldito

Una lectura de Peronismo, Filosofía política de una persistencia argentina de José Pablo Feinmann


Proponerse analizar e interpretar al Peronismo desde la defensa de sus conquistas sociales más profundas y la crítica descarnada hacia sus errores históricos más notables es una tarea gigante que sólo se puede encarar desde el conocimiento profundo, el amor y el dolor que inspiran, el coraje de saber que no siempre se saldrá indemne en el intento, y la osadía de poner el cuerpo y la mente en eso que no sabemos explicar muy bien qué es, pero que nos traspasa como sociedad desde hace casi 70 años. El Peronismo vuelve una y otra vez a interrogarnos como sociedad porque, aún en quienes dicen detestarlo, su accionar nos define como ciudadanos ante lo político y lo público. José Pablo Feinmann —filósofo, novelista, guionista de cine, ex militante peronista, hombre apasionado— nos habla desde la academia y desde la militancia, exaltando y cuestionando en partes iguales, con la misma lucidez, lo mítico y lo reprochable de la historia peronista. Su intento, pasional y polémico, erudito y pendenciero, se vuelca en dos volúmenes —Tomo I, “De 1943 al primer regreso de Perón” y Tomo II “Del primer regreso de Perón al golpe militar de 1976”—, que no pueden dejar de leerse de un tirón, dejándonos exhaustos y perplejos ante la persistencia del hecho maldito de un país pequeño burgués. Estas líneas se ocupan de esa primera parte.


I

A pesar de que no siempre mantiene linealidad en el relato histórico, Feinmann se propone contarnos el Peronismo desde sus orígenes. El Coronel carismático, integrante de un gobierno militar y golpista obsesionado por la industrialización pesada, se queda con aquello que nadie ve ni registra. La Secretaría de Trabajo y Previsión le brinda la posibilidad de ponerse en contacto con esa masa de nuevos obreros, que llegados del campo a la ciudad, carecen de toda conciencia de sus derechos. Si Roberto Arlt se queda con el idioma que la academia desconoce, Perón apunta a la nueva clase social invisible para el poder político. Ese berretín, como lo llama el autor, le dará la posibilidad de amasar poder desde un nuevo lugar con una inteligencia superior a la media vigente. Usará su carisma inigualable, un lenguaje llano y picaresco, los medios afines y una política social activa e inédita para en poco tiempo conseguir una popularidad gigante. Tenía ambiciones políticas el Coronel y de pronto, en una jornada de movilización popular genuina y multitudinaria, los invisibles ponen las patas en la fuente y le dan la presidencia de la república. Algo absolutamente nuevo y transgresor estaba sucediendo en un país formado y dominado por la oligarquía.
A no dudarlo, nos dice Feinmann, el Peronismo en el gobierno se comportó como un régimen: personalismo, concentración de poder, persecución a la prensa opositora. Pero las capas bajas de la población conocieron derechos que les habían sido negados en forma sistemática: sindicalización, vacaciones pagas, aguinaldo, salud, educación, el desarrollo de una industria liviana que creó miles de puestos de trabajos, las nacionalizaciones, la inédita asistencia social. Y un dato estadístico que visto hoy sería revolucionario: el 53% del PBI destinado a los desposeídos. Ese es el hecho inexorable de la mística peronista, algo que esas clases dominantes no le perdonarán nunca, ni ayer, ni hoy. Algo que los excluidos del sistema imperante tampoco olvidarán nunca, ni ayer, ni hoy. Un nuevo poder construido con un nuevo sujeto social. En el medio de este verdadero tembladeral —nos sumamos a la izquierda boba argentina que siempre se regodeó diciendo que Perón no era revolucionario—, está Eva. Evita es un acto revolucionario en la vida de Perón, nos dice Feinmann, quizás el único. Y agrega: no es poco, considerando que ningún presidente argentino tuvo jamás un acto revolucionario. Eva concentra en su figura el fanatismo por Perón, pero implícito en su discurso, lleva consigo las mayores exigencias hacia el líder: el enemigo acecha, es vengativo, hay que profundizar los cambios y prepararse para resistir. Un cáncer abominable, celebrado por el más rancio antiperonismo, la convirtió en un cadáver exquisito, libre de contradicciones. Su infatigable obra social y su militancia sin respiros la convierten en el primer mártir peronista.



II

El autor de La sombra de Heidegger se interna con pasión y dolor en sucesos esenciales que marcarían a fuego el resto del siglo para la Argentina: el bombardeo a Plaza de Mayo, el derrocamiento de Perón, el fusilamiento de Valle. La conducta de Perón tras la muerte de Eva es severamente criticada; rodeado de alcahuetes y adulones se enfrasca en una guerra con la Iglesia Católica que fue creciendo en agresiones y episodios de violencia. Aliada como siempre con los poderosos, la Iglesia ayudó a aglutinar a la oposición y darle un discurso único. Los aviones que bombardearon Plazo de Mayo —un suceso cruel y nefasto, un ataque artero y cobarde contra población indefensa, un presagio de la noche negra de la dictadura del 76— llevaban la inscripción Cristo vence, y después de regar de cadáveres Buenos Aires huyen a refugiarse a Uruguay. La intentona fracasa, pero el odio es más fuerte. Volverían a la carga meses después. El golpe del 55 es claramente un golpe de clase, la vieja oligarquía se toma venganza echando a patadas al tirano y comienza un brutal período de desperonización, festejado y aplaudido por los medios y la clase media, que sólo ambiciona, ayer como hoy, espejarse en los más poderosos. La Libertadora, como se llamó a esa jauría de perros infames, se empecinó con su odio de clase, sus políticas entreguistas y su violencia persecutoria de la militancia peronista, cubierta por las loas de todo el establishment, incluyendo el cultural. Ahí está ese texto fundante del odio gorila, La fiesta del Monstruo, escrito por Borges y Bioy para atestiguarlo. Los fusilados en el levantamiento del General Valle, suceso magistralmente narrado por Rodolfo Walsh, vienen a mostrarnos blanco sobre negro el espíritu de los libertadores del ’55: brutalidad, odio, resentimiento, venganza.
Feinmann se embarra en el relato y en su interpretación de los hechos ocurridos desde el golpe del ´55 hasta el retorno de Perón a la Argentina. Y su afirmación es clara y contundente: la proscripción del peronismo impide el ejercicio de la democracia en el país y el empecinamiento gorila de todo el andamiaje militar y político que permitió esa anomalía es mayormente responsable de la escalada de violencia que se sufrió. Lejos de desperonizarse la sociedad argentina comprendió que los logros sociales y políticos del peronismo adquirían forma de leyenda y mito ante el cuadro represivo y entreguista de los sucesivos gobiernos militares y pseudodemocráticos que le siguieron. En el exilio, Perón juega un ajedrez desgastante para el poder, contiene a todos los sectores, pelea en todos los frentes para lograr su retorno. Y en el contexto de una gesta gigante de la militancia logra volver: el país entero era peronista, el Padre Eterno bajaba a la tierra a devolverle el color a los días grises de su ausencia. El problema no percibido en esos días de efervescencia y militancia es que cada quien veía en Perón algo distinto y el General —viejo, malo y enfermo— decide tomar partido por lo peor. Esa elección del líder no da lugar a equívocos, Perón debía conocer el accionar mafioso de la ultraderecha que lo acompañaba en el retorno y a sabiendas, la dejó hacer. El líder dejaba de ser un significante vacío que cada quien llenaba como quería, a pasar a tomar partido por uno de los bandos, sin dudas el peor y más nefasto. Feinmann sabe que la afirmación es polémica y le granjeará el odio de buena parte del peronismo, pero así como le cuelga todas las medallas de sus logros inéditos y es lapidario con los enemigos que no permitieron su retorno a tiempo, no tiene medias tintas en su condena a la teoría del entorno con que muchas parte de la militancia justificaba las actitudes del Perón otra vez Presidente.


III

El ensayo de José Pablo Feinmann mantiene encendido el debate con referencias a la actualidad y al enfrentamiento del kirchnerismo con los grupos de poder que son los mismos que trabajaron incansablemente para derrocar a Perón. Pero lo interesante de estas desbordantes páginas es que el autor defenderá con pasión cada logro extraordinario de aquel primer peronismo y será firme en la condena a las actitudes del líder en su retorno a la Argentina. Quizás hasta llegando más lejos que los propios intelectuales del antiperonismo. Privilegios de una mente clara, sanguínea, honesta, desprovista de todo prejuicio gorila, testigo privilegiado de la historia, a veces demasiado autoreferencial, pero sin odios y memoriosa hasta en la anécdota. No se podrá acusar al autor de andarse con medias tintas a la hora de analizar conductas propias y ajenas, pero las continuas referencias a su propio protagonismo en los hechos y un ego a flor de piel para citarse en forma continua logran, a veces, entorpecer lo que trata de argumentar. Este Peronismo de José Pablo Feinmann es esencial para el debate y la polémica, pero también es necesario para entender por qué pasa lo que pasa en nuestros días. 

martes, 23 de julio de 2013

Lanata: desventuras de un periodista con conchero


La primera vez que vi a Jorge Lanata por televisión fue durante los 90 en Hora Clave, el por entonces programa estrella del periodismo político televisivo, conducido por Mariano Grondona. El Gordo estaba invitado a debatir con alguno de los mediáticos defensores del menemismo —¿sería Jorge Asís?— y vestía una campera de cuero roja. Esa noche provocó por duplicado con las formas que serían su marca registrada; el rojo furibundo insultaba las corbatas grises del periodismo “serio” y su lengua filosa arremetió con una irónica y burlona interpretación del peronismo. En todo momento el tipo sentía que el centro del universo pasaba por él y la versión tan gorila y chiquita del peronismo que expuso pasaba disimulada por el escándalo de la frivolidad y el robo de esos años nefastos. Ídolo de todos los estudiantes de Periodismo en ese momento, director de Página/12, el diario que había venido a cambiar la forma de hacer periodismo gráfico en la Argentina, estupendo escritor, ingenioso y picante para el debate, ya se sentía un superstar y empezaba a construir el personaje que lo tiene devorado desde hace tantos años.

Hoy que trata de chorros, brutos, pelotudos e imbéciles a todos los que intentan, con más o menos fundamentos, rebatir su “relato”, esas formas provocativas derivaron en una triste caricatura. Adjurando de todo lo defendió y de todo lo que combatió durante muchos años, hoy corre detrás de la línea editorial que le exige el Grupo Clarín con la dedicación, el énfasis y el fanatismo de los conversos. Se puede entrever el odio que le deben tener sus nuevos compañeros de odio—Van der Kooy, Castro, Majul, Leuco, Bonelli, etc.— que hubieran querido para ellos ese papel protagónico. Él los humilla, “la estrella soy yo, pelotudos”, y arremete contra todo y todos. El detestable Mauro Viale lo calificó de manera notable: “periodista con conchero”. Su programa es un show televisivo que toma todos los tips de la actual televisión comercial argentina: agresión, bravuconería, provocación, chicanas, agravios, sarcasmo, el más desagradable humor. Su periodismo de investigación, plagado de datos inexactos, fuentes dudosas, datos no confirmados, recursos cuestionables, es un insulto a la profesión.


Puedo aceptar que Jorge Lanata crea que el kirchnerismo sea algo detestable por los motivos que se le ocurran, pero las formas que utiliza y su sumisión al grupo mediático que representa descalifican su opinión. Su memoria es frágil, tan frágil que ha olvidado las denuncias de lavado de dinero firmadas por su puño y letra en el malogrado diario Crítica, que involucraban a miembros del directorio del Grupo Clarín, por ejemplo. Grupo al que años atrás acusaba de monopólico y de querer inculcarnos qué comer, qué pensar, qué decidir. Mientras tanto, muestra cada día una imagen más degradada y degradante de su propia figura y de la figura del periodista comprometido. Quizás esta sea su verdadera cara, la cara más triste y lastimosa del tipo que tuviera bajo su dirección la última revolución en el periodismo gráfico argentino y hoy es la cara visible de un grupo mediático lanzado a voltear al único gobierno que ha osado enfrentarlo, utilizando las armas más nefastas de la profesión.

martes, 30 de abril de 2013

Vinilo XI –The friends of Mr. Cairo



Las reuniones de artistas que provienen de lugares diferentes y se asocian para crean una obra en común no siempre arroja buenos resultados. Es muy difícil producir esa química, esa mezcla, que sirve para generar algo distinto e igualmente bueno de lo que pudieran hacer individualmente cada uno de ellos. La asociación entre Jon Anderson y Vangelis alcanzó esa meta, dando a luz cuatro discos a lo largo de una década, donde la belleza melódica se une a una continua búsqueda de nuevas sonoridades. Anderson era una voz reconocida mundialmente, un letrista consumado y miembro fundador del mítico grupo de rock progresivo inglés Yes. Vangelis, notable músico griego experimentador de nuevos sonidos, había creado entre otras cosas, la banda de sonido de la película Carrozas de fuego, que le diera un Oscar de Hollywood y fama mundial. En Argentina, la música que escribiera para la película Blad Runner inauguró durante años la trasmisión televisiva Fútbol de primera.

De esta fructífera unión, el más conocido y exitoso álbum fue sin duda The friends of Mr. Cairo, editado en 1981. De los cuatro discos editados el dúo fue sin dudas el más accesible para el gran público, con muchos temas comercialmente exitosos como State of Independence (que tuvo hasta una versión posterior a cargo de Donna Summer) o I’ll Find my Way Home, que como dato curioso se puede señalar que no formaba parte del álbum originalmente. Lanzado como single su éxito obligó a la grabadora a incluirlo en el disco; en menos de una semana el disco tuvo dos versiones, hasta con tapas distintas, con y sin este éxito enorme. El secreto del éxito del dúo quizá estaba en el sentimiento que la bellísima e inconfundible voz de Anderson le daba a las estructuras sonoras a veces gélidas de Vangelis. El resultado era encantador y ambos influenciaron mutuamente sus respectivas músicas.

La canción que da título al vinilo y el video musical que la acompañaba eran una tributo a las películas clásicas de Hollywood de los 50, en especial la esencial El halcón Maltés. En el tema aparecen sonidos y voces de actores tomadas de esas películas, formando un collage sonoro sorprendente. En The friends of Mr. Cairo pueden escucharse tiros, frenadas de autos, pisadas apresuradas y las voces de los actores Humphrey Bogart y Peter Lorre, entre otros. Esa alquimia, esa mezcla de formatos y estilos, llenaba de pequeñas y grandes felicidades la escucha atenta de esta obra de dos grandes músicos que se ponen uno al servicio del otro. Un hermoso sonido que es más que la suma de dos, es la realización de algo nuevo distinto y encantador.

martes, 2 de abril de 2013

Happiness is a warm gun, nena

Esto fue escrito por mí hace algún tiempo. Cuatro genios.


“When I hold you in my arms
And I feel my finger on you trigger
I know no one can do me no harm
Because happiness is a warm gun”

Lennon – McCartney
Happines is a warm gun,
Álbum Blanco, 1968

Lo había comprado hace algunos años con el pretexto de la seguridad y esas cuestiones y siempre había sido una presencia inquietante en la casa. Todavía recordaba al tipo de la armería que se lo había vendido. Alto, fibroso y con un bigote finito, mostraba o simulaba que sabía todo lo que se puede saber sobre armas. Le había exhibido un repertorio de calibres y formas que intuyó inacabables y no se convencía de cual podía ser la mejor para él. Finalmente había comprado, le habían vendido, un calibre 38, muy maleable. Recuerda ahora que había pensado en ese momento que hasta cabría perfecto en la pequeña mano de ella, que ironía. Cumplió con todos los recaudos legales, aunque hubiera podido evitarlos.
 Ya en la casa, el revólver no terminaba de ser un problema, más bien inauguraba una suerte de invasión silenciosa. Lo cambió varias veces de lugar; primero en una caja de madera pequeña sobre el ropero, luego en un cajón de la cómoda, más tarde en su mesita de luz. Siempre antes de acostarse o dormirse pensaba: ahí está. Se comportaba como si esa cosa metálica y misteriosa tuviera vida propia.
Siempre le temió, incluso hasta para mirarlo, por eso se sentía siempre disminuido, como se sentía disminuido ante ella. Ahí estaba ahora, inmaculado, virgen; lo imaginaba sonriente, listo para entregarse sin complejos, como una puta consciente que no reniega de su destino. Tuvo que prepararse pacientemente para el momento de asirlo, acariciarlo y proponerle que se abriera manso y sin rebeldías a sus deseos. Sus deseos de muerte, de dar ese adiós definitivo postergado por cobardía.
Lo angustiaba el instante de lograrlo. Buscar el momento más oportuno, menos decadente, más reservado. ¿Pero cómo evitar el escándalo de los ruidos, los gritos, las súplicas, las lágrimas, el insulto, la ensayada sonrisa final? Se dijo que no podría pasar de hoy. No se amedrentó por los posibles contratiempos y planeó todo minuciosamente. Sería al atardecer, cerca de las siete y en el baño. Irrumpiría con cualquier pretexto con la determinación y el pulso firmes. Después la tomaría por los pelos y hundiría su cabeza de platino falso un par de veces en el inodoro para que sintiera de cerca su propia mierda. La haría desnudar a las trompadas, que sintiera vergüenza y dolor de su sucio cuerpo entregado. La sentaría a empujones en el bidet, después le daría una tijera para que se cortarse el pelo ella misma; quizás hasta le haría algunos tajos bien distribuidos. Con buen gusto, se dijo.
Por último, la escena final. Le daría el revólver y la obligaría a pegarse un tiro. Era tan débil que obedecería ese mandato temerario. No sería capaz de volver el arma hacia él. Tomó aire y buscó relajarse mientras volvía a repasar el orden del programa.
Siete y diez ella entra al baño.
Las cosas sucedieron como estaban previstas, salvo algún que otro detalle agregado a manera de improvisación. Hacia el final, sin embargo, los disparos fueron dos, no uno. Los planes más perfectos suelen mostrar, a veces, resultados muy distintos a los buscados. Son como complejas operaciones aritméticas; un signo equivocado por distracción o error harán que se tome un camino que lleva a cualquier parte.
Todo va más o menos bien hasta la tijera. Tras dos o tres cortes más nerviosos que precisos, inesperadamente ella toma la iniciativa. Con una fuerza desconocida le aprieta las muñecas clavándole las uñas. Ahora el que pega un grito es él, mientras trata de no perder el control del arma. Recibe dos o tres puntadas en el abdomen, precisas, furiosas. El 38 cae al suelo, de ahí se dirige a las manos equivocadas, y luego descarga su poder sobre un pobre tipo que ahora está de rodillas. Dos veces, dos tiros.
Para los dos ya todo está escrito. Uno será un asesino fracasado, el otro una víctima asesina.
La felicidad es un revólver caliente.

domingo, 17 de marzo de 2013

Nelly Rivas, la triste historia de un amor peronista

Nélida Haydée Rivas tenía catorce años, cursaba segundo año del secundario y era fanática del cine. Tenía el pelo corto y algunos rasgos ambiguos que hacían que algunos la confundieran con un varón. Para una chica de su edad a quien no le gustaban las actividades físicas y se aburría en el colegio, no había otro divertimento que ir los domingos al cine del barrio a disfrutar tres películas seguidas al precio de una sola entrada. Fuera de eso, una adolescente de comienzos de la década del 50 no tenía mucho para hacer. Su amiga Teresa la convenció. Los domingos concurrirían a la Unión de Estudiantes Secundarios, la famosa UES, donde muchas adolescentes como ellas tenían actividades recreativas, veían películas antes de su estreno, andaban en motoneta ­—última atracción en Buenos Aires—, comían rico y gratis y, además, podían conocer en persona al General. Nelly dudó, pero después de consultarlo con sus padres, decidió ir a la residencia presidencial la semana siguiente. No podía saber que su vida tendría un antes y un después a partir de esa decisión.
Juan Domingo Perón tenía cincuenta y nueve años, era Presidente de la Nación y estaba profundamente deprimido. Su joven segunda esposa se había muerto consumida por un cáncer que no le dio tiempo ni chances. Abrumado por el dolor de la ausencia, enfrentando una fuerte crisis económica, rodeado de alcahuetes y adulones, con sus enemigos confabulando y soñando con su caída, se sentía más solo que nunca. El ministro de Educación le acercó la idea. Había que crear la UES, transformar Olivos en un gigantesco gimnasio femenino con canchas para casi todos los deportes, sala de cine y un inmenso garaje para las motonetas fabricadas por la Siam. El mismo Presidente debía manejar y promocionar junto a las chicas el nuevo producto nacional. Perón aceptó la idea y pronto sus ratos de ocio se transformaron en un multitudinario picnic adolescente. Comenzó a sacarse a de encima el negro de la muerte y volvió disfrutar sin culpas. No podía saber que esa decisión sólo serviría para alimentar el morbo de sus muchos enemigos.
La primera vez que Nelly vio a Perón quedó impactada. Un griterío histérico le avisó que el General había llegado a Olivos. Lo vio encender un cigarrillo de espaldas, darse vuelta, distinguirla entre todas las otras chicas y preguntarle qué le parecía la UES. Nelly no pudo contestarle, quedó muda e impactada ante la imagen imponente de ese hombre alto, buen mozo, atlético, simpático, sonriente. A pesar de temblar como una hoja, de sentir que las rodillas se le vencían, se juró volver cada domingo para verlo nuevamente. Cuando llegó a su casa no le alcanzaban las palabras para contar a sus padres lo que había vivido. ¡El mismo Presidente de la Nación, el General Perón, ese que veía desde chica en los noticieros del cine, aquel a quien sus padres adoraban, la había mirado, la había distinguido y le había dirigido la palabra! Si todavía creía poder sentir su perfume y retenerlo en la memoria.
A Perón le atraía y le divertía la ambigüedad de la figura de Nelly pero supo muy rápido que la chica tenía determinación. Apenas unos meses después de su ingreso a la UES ya la vio integrada a la Comisión de Deportes que periódicamente se reunía con él y comenzó a notar como la mujercita trataba se sentarse lo más cerca posible de su figura. Lo que no pudo imaginarse es que esa joven casi niña le propusiera que fuera él mismo quien le enseñara a manejar la motoneta y no los mecánicos designados al resto de las chicas. Perón le festejó la originalidad y aceptó el reto. Para evitar celos y comentarios de las demás la citaba a primera hora del día, antes que llegara el resto, y le daba clases personales de manejo. El presidente estaba sorprendido de esto que vivía, de este guiño de la vida en medio de tanta muerte y tanta soledad.
Para Nelly era vivir el cuento de Cenicienta, tener que pellizcarse cada día para darse cuenta que el General la distinguía con su amistad, que era alguien especial para él. Para la Navidad del 53 recibió una de las mejores noticias de su vida. Estaba invitada junto a los miembros de la comisión de Deportes de la UES a pasar las fiestas con Perón. Tuvo que convencer a la sangre gallega de su papá, qué no podía entender que su nena pasará estas fechas fuera de la casa, sin su familia; pero el nombre de Perón todo lo podía y finalmente aceptó. Esa noche hubo regalos presidenciales muy costosos para todos, sin embargo la preferida no tuvo el más caro. A Nelly no le importó y se lo hizo saber, no le interesaba el valor, le dijo, bastaba con saber que era un regalo de Perón. A pesar de la corte servil que lo rodeaba, Nelly podía sentir la soledad de ese hombre a quien veía como a una superhéroe y se ofreció para pasar Año Nuevo con él en la quinta de San Vicente. El mismo Presidente hizo llamar al padre de Nelly para pedirle autorización.
Después de las fiestas Perón se alejó algunos días de la UES y de sus chicas, y también de Nelly, por lo que se sorprendió cuando la vio aparecer por la residencia presidencial un día cualquiera a la hora del almuerzo. No pensaba dejarlo solo, se ofreció a comer todos los días con él, y cuando empezó a encariñarse con Monito y Tinolita, los caniches del General, le ofreció a Perón quedarse a vivir. En casa de Nelly el machismo herido de su papá hizo tronar rayos, pero la niña mujer lo convenció con un  largo discurso sobre todo lo que los argentinos le debían, la soledad inmensa en que se encontraba y  que sólo buscaba a alguien para hablar de otra cosa que no fueran asuntos de gobierno. El señor Rivas otra vez accedió y Nelly pasó a formar parte de la coreografía presidencial, apareciendo incluso en algunas fotografías en los diarios de la época bien cerca del General. Una foto tomada en el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata muestra a Nelly junto a Perón como una joven muy atractiva. Llevaba más de un año conviviendo con él y nadie podía ya confundirla con un muchacho como meses atrás.
¿Estaba Nelly enamorada de Perón? Seguro que sí, había quedado impresionada por él desde el primer momento que lo vio. Además de apuesto, elegante, simpático, era el Presidente de la Nación. La había colmado de obsequios y había ayudado a su familia que cuando su padre se quedó sin trabajo por enfermedad recibió como regalo una casa en Vicente López a cambio de la que tenían en la Boca. Había visto de cerca la soledad del líder y se había sentido importante estando cerca de él. ¿Estaba Perón enamorado de Nelly? Difícil saberlo, es probable que no, quizás se haya divertido primero de su espíritu adolescente y después, como con muchas otras relaciones, utilizó su estilo protector y de guía que lo convertía más en un padre que en una pareja. Nelly significó distracción y alegría en los momentos más difíciles de su vida. Meses después la cañonera de bandera paraguaya Huamitá se lo confirmaría.
Derrocado Perón, Nelly tuvo como única herencia a los dos caniches del General, que quedaron  a su cargo, y a una jauría de perros morbosos que se abalanzaron sobre su historia para pisotear todo lo que se pudiera la figura del prófugo que ahora no se podía ni siquiera nombrar. Obligada a declarar en algunas de las numerosas comisiones investigadoras que la Libertadora instauró para aniquilar al peronismo, tuvo la valentía que muchas ratas que huían del barco no tuvieron. Con orgullo e hidalguía se declaró amiga de Perón y sólo tuvo palabras de agradecimiento para con él. Mientras militantes eran fusilados o conocían la cárcel y se trataba de destruir ladrillo por ladrillo de la construcción material e ideológica peronista, comenzaba un período oscuro que prefiguró la tragedia argentina. Nelly y su familia no corrieron mejor suerte.
La Policía de la Libertadora ingresó a las casa de sus padres, destruyó o robó todo lo que pudo y entregó a juicio a toda la familia. Los defensores de la moral cristiana y los valores de los fundadores de la patria, que denunciaban la corrupción y el autoritarismo peronistas, utilizaron la historia de Nelly para acusar a Perón de estupro y a sus padres de cómplices, confiscándoles además todas sus propiedades. José María Rivas y Mariana Sebastiana Viva de Rivas fueron condenados y confinados en la Cárcel de Villa Devoto, mientras su hija Nelly fue derivada a un Asilo Correccional de Mujeres para “reconstruir su moral”. Tras un año de encierro debió emprender un tratamiento psicológico intenso y prolongado. Era una muestra de las formas y los resultados de la limpieza moral que la Libertadora venía a traer al país después del escarnio peronista. Durante el exilio del ex presidente la vida de ambos continuó sin saber cada uno nada del otro. Perón, jugando al ajedrez político desde Madrid, conducía una masa informe y contradictoria que quería traerlo de vuelta y se casó con una bailarina a la que llamaban Isabel. Nelly trató de reconstruir su vida como pudo y tras algún tiempo, se casó con un muchacho llamado Carlos, empleado de la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires.
En noviembre de 1972, en una de las proezas más gigantes que una militancia política haya conseguido, después de dieciocho años de represión y de lucha, Juan Domingo Perón vuelve al país. Aquellos patriotas que habían venido a barrer la corrupción peronista demostraron que no era la moral del ex presidente su preocupación. No les interesaba la burocracia estatal, el culto al personalismo, la corrupción generalizada, la inflación ni los ataques a la prensa libre. En realidad su preocupación urgente era la destrucción de un país que dejaba de lado el modelo agroexportador para apuntalar a una industria nacional, con un mercado interno expansivo, la clase obrera sentado en la mesa de las decisiones políticas, con una verdadera distribución de la riqueza, como nunca se vio y nunca volvería a verse. Mientras el país se convulsionaba tratando de imaginarse con Perón de vuelta, el viejo líder se instalaba en una casa en la calle Gaspar Campos, comprada especialmente por el Partido. Una de esas mañanas Nelly decidió, con la misma determinación que cuando tenía catorce años, que tenía que volver a ver a Perón.
Franqueando toda la seguridad de la casa con la temeridad y la decisión de siempre, Nelly llegó hasta la cocina en donde estaba el General. Perón la reconoció al instante y quedó tieso del asombro. Toda una mujer, sus primeras palabras fueron para retarlo, tenía que tener más cuidado, si entraba ella tan fácil también podía hacerlo cualquiera. Después se lanzó a relatarle sus años de penurias, la suerte de sus padres, su reclusión, el escarnio público, su tratamiento psicológico, su nueva vida familiar. El gigante de la Historia, el hombre de la sonrisa y simpatía eternas, el que siempre tenía la palabra o la frase justas para cada ocasión, aquel a quien le costaba demostrar sentimientos amurallado en su rígida formación militar, no supo que decir y se largó a llorar casi sin consuelo. Quizás haya pensado en esos minutos de congoja si había valido la pena todo lo vivido sólo para recordar tantos muertos, consolar a tantos lastimados, cicatrizar tantas heridas.
Ese día fue el último en que se vieron. Nelly seguiría recordando con cariño y admiración a Perón el resto de su vida. El General se enfrentaría viejo, malo y enfermo, a los días más negros que haya vivido como líder político. El país se preparaba para sufrir sus años más tristes y sangrientos.



miércoles, 6 de marzo de 2013

Vinilo X - Adiós Sui Generis



El 5 de septiembre es una fecha esencial en la historia de la música popular argentina. El dúo Sui Generis decidió decirle adiós a su corta y fructífera historia con dos multitudinarios recitales en una misma noche en el estadio Luna Park. No era el primer grupo de rock argentino que se le animaba al gigante de Corrientes y Bouchard, pero el fenómeno de masas que desató esa histórica presentación marcó un antes y un después. Sui Generis había nacido de las bucólicas intenciones de Charlie García —no Charly todavía, menos que menos Say No More— y Nito Mestre. Ambos lograron captar el espíritu cuestionador y aturdido de toda una generación de adolescentes y jóvenes. Con los discos Vida, Confesiones de invierno y el fundamental Pequeñas anécdotas sobre las instituciones, habían logrado éxito comercial y se habían instalado como referentes de toda una época.


Para el momento de la presentación de este histórico recital, el grupo estaba disuelto casi de hecho. Artísticamente Charly García estaba en sintonía con otras inquietudes musicales más cercanas al rock sinfónico inglés, por ejemplo, cosa que se haría evidente con la creación de su próximo grupo La máquina de hacer pájaros. Nito Mestre no entendía esta búsqueda, se aburría en los largos pasajes instrumentales que García encaraba en los recitales, y la unión artística que los había consagrado ya no daba para más. El dúo sin embargo, acompañado por Rinaldo Rafanelli en guitarras y bajos y por Juan Rodríguez en batería, brindó un histórico registro en vivo documentado en un disco doble y en una película que fuera dirigida por Bebe Kamín (quién también dirigiría años más tarde la exitosa Los chicos de la guerra). Muchos años después se editaría un tercer disco con temas que habían quedado afuera en la edición original.


Instituciones abre el disco. Es un gran tema progresivo con una profundidad musical y tantos cambios melódicos que evidencia el salto que García había tenido como compositor y cómo lo habían influenciado discos como Nursery Crime o Foxtrot de Genesis. A partir de ahí Sui Generis repasa sus más grandes éxitos a veces con desprolijidad, otras con gran genio, siempre con el sentimiento de estar tocando para una gran ocasión. El álbum, porque ni siquiera se lo habían planteado, no tiene sobregrabaciones, tan comunes a los discos en vivo, que son una suerte de mano de barniz que le da brillo y disimula imperfecciones. Eso le da una crudeza y un sentimiento únicos y lo transforman además en un documento creíble. Sui Generis fue el primer paso masivo de la longeva carrera del músico popular vivo más grande de nuestro país y la fotografía más auténtica de un generación que empezaba a cuestionarse el aprendizaje de una sociedad en combulsión.

domingo, 24 de febrero de 2013

Genetics: la banda tributo como forma de arte

Con una exacta recreación del sonido del primer Genesis y una puesta que respeta la teatralidad y el dramatismo de su música eterna, Genetics transforma el tributo en una forma de arte en sí mismo.


Las bandas o solistas tributo son casi plaga en Buenos Aires. Con mayor o menor repercusión y mayor o menor calidad artística, una cantidad increíble de músicos aficionados o profesionales se lanzan a recrear el repertorio de artistas consagrados. Allá por los ’80, la mítica banda Rael transitó ese camino casi como pionera, interpretando con éxito la música del Genesis primigenio, aquél que tenía a Peter Gabriel como carismático líder y que se transformó con los años en una vaca sagrada del rock sinfónico con discos eternos como Nursery crime o The lamb lies down on Broadway. Con una formación integrada en su mayoría por ex integrantes de Rael, Genetics vuelve a la carga con un tributo a Genesis que conjuga repercusión del público, críticas favorables y el respeto de músicos profesionales consagrados.
En 2012 Genetics celebró los 40 años del lanzamiento de Foxtrot, cuarto álbum de estudio de Genesis, con una serie de celebradísimas presentaciones, algunas de ellas en el ND Ateneo, tocando completa esa pieza fundamental del rock progresivo. Integrada por Ignacio Rodríguez Genta (voz líder, flauta traversa y percusión incidental), Horacio Pozzo (teclados, piano y guitarra acústica de doce cuerdas), Daniel Rawsi (coros, batería y percusión), Diego Chorno (guitarra eléctrica y coros) y Claudio Lafalce (bajo y guitarra, guitarra acústica de doce cuerdas, pedalera de bajos y coros), Genetics asombra porque lo suyo no es un mero calco mecanizado de esos temas, es además, un interpretación que resume el sonido exacto de las grabaciones y el pulso teatral y el dramatismo que Genesis tenía en vivo.
Ignacio Rodríguez Genta como the flower en Supper´s ready en las presentaciones de Foxtrot 
Horacio Pozzo, que lleva sobre su hombros la hercúlea tarea de tocar la música del tecladista Tony Banks, dice que no aspiran a ser más que una banda tributo. “Hacemos esto porque nos gusta, es un desafío musical hacerlo bien y sabemos que hay gente que quiere ver esta música en vivo”. Sin embargo, Genetics excede largamente el formato tributo; músicos como Gillespi o críticos consagrados como Alfredo Rosso, han manifestado asombro y admiración por la calidad artística de sus shows. Pozzo aclara que “el criterio es ser fiel a las grabaciones en estudio originales, pero aunque no lo busquemos, es inevitable poner algo de cada uno cuando tocamos”. Reproducir las armonías, arreglos y melodías creadas hace cuatro décadas por tipos que merodeaban los 25 años les produce “una especie de excitación y admiración” que inevitablemente tiñe cada show.
Genesis tuvo una extensa trayectoria marcada a fuego por dos frontman de una presencia fenomenal en el escenario: Peter Gabriel y Phil Collins. La selección de temas de Genetics está centrada en el primer período de la banda con algunas piezas del primer período post Gabriel. “Peter Gabriel le dio a Genesis una clima muy especial, algo bizarro, una profundidad que se diluyó después”, explica Pozzo. Sin embargo, no se privan de incursionar en el primer tramo de la fase Collins con temas como Inside and out, donde suele tocar como invitado el extraordinario bajista Javier Malossetti, o partes instrumentales del disco Wind & wuthering, último registro en estudio en donde la banda británica tuvo como guitarrista a Steve Hackett. “Los elegimos porque nos gustan, no tenemos prejuicios”, aclara Horacio Pozzo. Uno cree que Genetics tiene mucho todavía para incursionar por esos lados, hay ganas de más.



A través de las redes sociales Genetics dio señales a sus seguidores de que en este 2013, al igual que lo hiciera con Foxtrot, homenajeará los 40 años de la edición del célebre Selling England by the pound, considerado como una de las cúspides del rock progresivo de todos los tiempos. Horacio Pozzo se entusiasma: “Los ensayos van muy bien, ya casi terminamos The battle of the Epping Forest, estamos recordando Dancing with the moonlight knight, que ya tocábamos con Rael, Cinema Show necesita más trabajo en los detalles y Firth oh fifth sale muy bien”. Los set list de Genetics son sabiamente armados, además de tocar en su totalidad el disco homenajeado, incluye gemas de todos los discos: I know what I like (otro tema de Selling...), Carpet crawlers, Stagnation, The fountain of Salmacis y la infaltable The Musical Box, entre otras. Un momento de extraordinario éxtasis en los fans se produce cuando Genetics aborda en forma completa la miniópera Supper’s ready, un manjar exquisito que uno no se cansa de repetir. La banda ya anunció a través de Facebook que comenzará sus presentaciones el sábado 13 de abril enel Teatro Marín de San Isidro.


¿Por qué Genesis? Pozzo lo explica muy bien: “Es un denominador común en la adolescencia de los integrantes de la banda. Desde el ’73 hasta principios de los ’80, con o sin Peter Gabriel, estuvimos conectados con esos vinilos, mirando cada rincón de las tapas, leyendo cada letra, cada crédito… Quizás esta música nos está llevando de regreso a la adolescencia a nosotros y a nuestro público también”. Cuando Genetics pise nuevamente los escenarios la magia otra vez estará en el aire, reviviendo una música eterna con las armas más nobles que pueda aportar un artista: respeto, sensibilidad, pasión y talento. Algo que no se encuentra fácilmente por ahí. Salud Genetics, salud Genesis.

viernes, 15 de febrero de 2013

Vinilo IX - Peter Gabriel II



A comienzos de 1975 Peter Gabriel anuncia a sus compañeros de banda que, finalizada la gira de The lamb lies down on Broadway, dejaría Genesis para dedicarse a otras inquietudes artísticas sin cabida en el grupo. Se tomó su tiempo para volver a los estudios con un disco solista, conducta que repetiría más adelante extendiendo los paréntesis entre álbum y álbum. Pero vista en perspectiva su celebradísima obra, cada disco, cada tema, cada riesgo tomado, cada salto de calidad, ha dejado su huella en la música contemporánea occidental y le abrió camino a, lo que conocido como world music, significó el descubrimiento de músicas e instrumentos de otras culturas que hoy forman parte del canon sonoro del rock y del pop. Ahí está esa obra suprema que es So (1986) y el éxito comercial descomunal de Sledgehammer para atestiguarlo.


Para 1978 las cosas no estaban tan claras. Editado su primer disco (se lo conoce como Car por la foto de la tapa, aunque no llevaba nombre) y no lograda una gran repercusión, Peter Grabriel se asocia al notable guitarrista experimental de King Crimson, Robet Fripp, y se encierra a grabar su segundo opus, a quien tampoco le puso nombre (aunque se lo conoce como Scratch). La producción quedó en manos de Fripp, motivo por el cual Gabriel casi no lo consideró un disco propio, y durante muchos años excluyó cualquiera de sus temas de sus set list o de compilados de su discografía. Sin embargo, este disco, el más oculto de su obra, tiene encantos que merecen ser rescatados con una escucha atenta y sensible. Algo de su finísimo olfato artístico lo debe haber intuido, ya que en su última gira incluyó dos temas de este Peter Gabriel II.


El disco comienza con un derecha-izquierda contundente: On the air y D.I.Y ; hay pulso roquero en estos temas de la mano de la guitarra de Fripp y son, sin dudas, los que tienen mayor volumen sonoro como para girar en las radios. Sin embargo el disco está lejos de ser un éxito comercial, logrando una tibia repercusión sólo en Inglaterra. Hay una bella melodía al piano, compuesta junto a su primera esposa, llamada Mother of violence, y otra gran balada para el cierre del disco, la notable Home sweet home. En Exposure, Fripp juega multiplicando las capas de sonido de su guitarra logrando un sonido muy peculiar. Peter muestra talento, ingenio y experimentación sonora con gran calidad, en gemas como White shadow (una verdadera joya), en donde el clima y el sonido suenan a futuro, a vanguardia, a adelanto del salto artístico que vendrían con sus próximos discos.
Este Scratch es el eslabón perdido entre el tipo de composiciones que Gabriel usaba en Genesis, sobre todo en la última etapa, y toda su obra futura, transformándose en vanguardia en Peter Gabriel III y  Peter Gabriel IV , logrando trascendencia mundial con So y convirtiendo cada tema en una diamante como en Us. La obra de un genio.

viernes, 1 de febrero de 2013

Doce sudorosos días en la Irak ocupada por Bush

Una lectura del Diario de Irak de Mario Vargas Llosa

El inolvidable Gordo Osvaldo Soriano escribió alguna vez que de las crónicas periodísticas sólo perdura el estilo y que por eso hoy se siguen leyendo con deleite textos de Roberto Arlt o Rodolfo Walsh. Con ironía o sarcasmo, muchos críticos de los personajes que habitan los medios dicen que todo periodista gráfico sueña con ser escritor, o que por lo menos, lo que publique un domingo no sirva sólo para envolver media docena de huevos el lunes. Mario Vargas Llosa recorre el camino inverso. Extraordinario escritor, nacido en Perú en 1936, integrante de la mítica generación del boom latinoamericano, autor de obras capitales de la literatura en español (Conversación en la Catedral, La ciudad y los perros, La señorita de Tacna, entra otras), ganador del Premio Cervantes y el Nobel de Literatura entre otras distinciones, suele bajar a ensuciarse en el barro de la discusión política coyuntural en furibundos artículos que la prensa liberal del continente le publica con generosidad. En plena ocupación norteamericana de Irak, Vargas Llosa emprendió junto a su hija Morgana, fotógrafa profesional, un reportaje de aquellos días tumultuosos que es un ejemplo de periodismo y literatura unidos con maestría.

Escrito en pleno viaje, entre el 25 de junio y el 6 de julio de 2003, y corregido días después en España, Vargas Llosa, como García Márquez, sabe cómo comenzar un texto para que quedemos atrapados desde la primera línea. “Irak es el país más libre del mundo, pero como la libertad sin orden y sin ley es caos, es también el más peligroso”. Así inicia la primera de las notas, titulada La libertad salvaje, donde describe con asombro el pandemonio de un Bagdad derruido, en dónde el calor sofocante, la falta de agua potable, los constantes cortes de electricidad y un tránsito endemoniado totalmente carente de reglas, hacen la vida poco menos que intolerable. Sin embargo, a través de las siguientes notas, en lo que se constituye como el punto más fuerte del trabajo, en una serie de entrevistas a iraquíes increíblemente esperanzados, Vargas Llosa parece aprender a convivir con el calor omnipresente y una anarquía casi salvaje, apoyado en los testimonios emocionantes de personas que, sobrevivientes de una sangrienta dictadura y resentidos de la brutalidad de la ocupación norteamericana, sueñan con salir adelante.

Aquí el autor desplegará, como ha sido habitual en sus apariciones y escritos públicos de los últimos años, una posición ideológica firme y sostenida. Reticente antes de este viaje a apoyar la ocupación aliada de Irak sin la venia de las Naciones Unidas, ya en Bagdad su opinión cambiará radicalmente. Sabiendo que como precedente legal, que uno o varios países se arroguen el derecho de intervenir militarmente en otro en forma unilateral -sobre todo esgrimiendo argumentos falsos como la existencia de armas de destrucción masiva nunca encontradas-, es algo peligroso que puede justificar cualquier aventura de tipo colonial, el autor de Pantaleón y las visitadoras se permite apoyar la intervención norteamericana sin medias tintas. Lo llama “el mal menor”, y cree que la destrucción de la dictadura de Sadam Hussein era una razón suficiente para justificar la invasión. El sangriento gobierno de Hussein ha sido ampliamente documentado como una dictadura corrupta y cruel y Vargas Llosa se apoyará en la abrumadora evidencia de la brutal represión interna de Hussein contra su pueblo para justificar y bendecir la invasión. A conciencia, prefiere dejar de lado el olor impregnado a petróleo de la misión de Bush. De paso aprovecha para espejar y comparar aristas del régimen depuesto con los gobiernos de Fidel Castro o Hugo Chávez, continuando con la prédica incesante que emprendió en los últimos años contra los gobiernos latinoamericanos a quienes comunicadores propagandísticos de los intereses de los grandes grupos económicos llaman despectivamente “populistas”.

Honesto en la descripción de los sentimientos del pueblo iraquí, Vargas Llosa reflejará el sentimiento antinorteamericano del todo el mundo árabe describiendo cómo se mueven las tropas de la ocupación, cuál es su relación con el pueblo invadido y cómo los ocupados, que un primer momento apoyaron al ejército aliado, deseaban ahora que cada soldado extranjero vuelva a su casa de una buena vez. Hay cientos de historias de abusos y maltratos, sobre todo a mujeres, que circulan por Bagdad de boca en boca y, además, todos acusan a los norteamericanos de extrema pasividad ante los saqueos y disturbios callejeros que siguieron a la caída del régimen y que destruyeron literalmente a Bagdad. Sin embargo, en una accidentado reportaje al responsable político de la ocupación, el embajador Paul Bremer, a quien llama brutalmente sincero como “el virrey”, Vargas Llosa se muestra casi condescendiente con las justificaciones políticas del emisario de Bush a quién describe cándidamente como un hombre que “habla con la convicción de un misionero y creo que cree lo que me dice”.

La crónica maestra de Vargas Llosa tiene un plus esencial. Está acompañada de una serie de fotografías de su hija, Morgana Vargas Llosa, que bien podrían haberse publicado en forma independiente de las notas de su padre y aun así formarían un corpus de auténtica calidad periodística. Cada foto tiene como texto explicativo un relato en primera persona que en sí mismo es una pequeña gran historia que le da carácter humano y personal a un conflicto internacional gigante.  Para la recopilación de las notas, que fueron editadas en libro, Vargas Llosa agregó cuatro notas de opinión posteriores, que publicadas en diferentes diarios del mundo exponen, con la habitual dureza ideológica y claridad conceptual que siempre expone, cuál es su opinión del conflicto, su apoyo a la invasión, su críticas despiadadas al presidente francés Jacques Chirac por liderar el rechazo europeo a la intervención y la permanente alusión a los “populismos demagógicos” latinoamericanos, a quienes detesta en forma militante.

Diario de Irak es un ejercicio brillante de literatura y periodismo casi atemporal, que permite leer con placer y discutir con apasionamiento con un escritor brillante, un intelectual notable y una personalidad firme. Sus bravuconadas políticas, cada vez más afines al liberalismo económico, a quien defiende muchas veces casi cayendo en la caricatura, no pueden ni deben hacernos perder el encanto, la gracia y el talento de un hombre que hace con naturalidad lo que tantos, con tanto esfuerzo, no pueden alcanzar.

lunes, 8 de octubre de 2012

Vinilo VIII - Duke


El cambio de década –fines de los setenta-significó para la mayoría de los grupos de rock progresivo una sentencia de muerte casi segura. Desde las postrimerías de los sesenta habían reinado formando parte de un subgénero –rock sinfónico, teatral, o como quiera que se lo llamase- que había tenido prestigio y éxito, apoyados en la formidable formación musical de sus integrantes y en su increíble exigencia e imaginación para crear discos con pretensión de clásicos. Promediando los treinta años de edad muchos de estos músicos estaban en peligro de extinción ante el avance del punk, por ejemplo, entre otras nuevas olas. Muchas bandas, como Yes, habían crecido mirándose el ombligo y ante el cambio de época les resultó difícil pegar una volantazo en su estética.
Este cuadro de situación tuvo algunas excepciones, de las cuales la más notoria fue Genesis. La banda de Tony Banks, Mike Rutherford y Phil Collins –en vivo apoyados por Chester Thompson y Daryl Stuermer- había empezado a desarrollar un costado pop, simplificando algunas de sus canciones y construyendo ante el horror de la crítica especializada y la de sus fanáticos más conservadores, éxitos radiales de tres minutos y medio como Follow you, follow me (1978), que los posicionaron de otra manera ante los vientos de cambio.



Como paso decisivo de esa transición, en 1980 Genesis despide toda una época con un gran álbum: Duke. Tony Banks, columna vertebral del sonido de Genesis, siempre ha dicho que es su disco favorito de la banda y tengo para mí que su voz autorizada no puede ser muy discutida. Duke es un disco fantástico donde está todo el Genesis que se despide y todo el Genesis que empieza a recrearse de cara a los ochenta. Toda comienza con una obertura optimista que deriva en Behind the lines.La batería de Collins suena potente acompañando los acordes sinfónicos de Banks y cuando comienza a cantar el baterista, todos nos damos cuenta que se ha convertido en un cantante de verdad, por momentos un crooner. En Duchess y en Guide vocal lo confirma logrando su mejor performance en ese rol.
Cada uno de los integrantes de Genesis aporta dos temas de autoría propia. Rutherford está presente con Man of our time, donde la banda suena potente, con fuerza, arrolladora, y Alone tonight, una balada típica de Genesis con un estribillo lleno de sentimiento. Banks, el gran Banks, firma Heathaze y Cul-de-sac, dos gemas de la música progresiva con una delicada melodía que lleva con mano maestra en los teclados. Y por último la sorpresa. Phil Collinsaporta los dos primeros temas firmados en solitario. Misunderstanding y Please don´t ask. El genial baterista había estado componiendo en solitario en un estudio casero y le llevó a sus compañeros ese material para que eligieran algo para Duke. El resto fue a parar al primer disco solista de Collins, Face Value. Banks asegura hasta el día de hoy que no escuchó In the air tonight, de lo contrario no se lo perdonaría.

El trío se muestra más potente, genial, imaginativo, progresivo y auténticamente Genesis que nunca en la sección instrumental final Duke´s travel y Duke´s end, que retoma los acordes de la obertura del disco para darle un cierre conceptual a un verdadero discazo. En la exitosa Turn it on again, Genesis juega con los acordes rockeros de Rutherford y la fenomenal batería de Collins a contrapié de la melodía para gestar un hit indeleble. La gira que los reuniera en 2007 llevaba el como nombre a este tema.

Duke es un álbum de despedida. En 1981, con Abacab, Genesis cambiaría productor, sonido, temática e imagen para reinventarse. En Duke, Genesis es esencialmente Genesis, el que fue y el que será, en un disco que durante mucho tiempo se perdió en su discografía y que cada vez está más presente. Sólo hay que saber buscarlo, escucharlo y dejarse encantar.
               

viernes, 27 de abril de 2012

La llave de luz


 Busqué en la oscuridad palpar la llave de la luz. No la encontré. Sentí una pequeña alarma de los sentidos. Era un movimiento mecánico, instintivo, casi animal. Extiendo el brazo derecho, todavía acostado, abro la mano y mi dedo índice aprieta la tecla. Pero no había tecla.
Me incorporé. Mis  pies desnudos sintieron el frío del piso. Tampoco había alfombra.
La penumbra grisácea y nebulosa, a la que mis ojos empezaban a acostumbrarse, me dejaba entrever o adivinar una habitación con forma de cápsula o cabina.
Tuve miedo. Tuve frío. Tuve ganas de gritar.
Tratando de no hacer el más mínimo ruido, me vuelvo a meter en la cama y cierro los ojos. Rezo para que el sueño vuelva otra vez.

La computadora estaba encendida y el texto parecía todavía vivo. Sé que Juan Carlos lo dejó adrede para que yo lo lea. Voy a despertarlo.

martes, 27 de marzo de 2012

Vinilo VII - Ghost in the machine




En 1981 The Police estaba a mitad de camino de varias cosas. Ya no era la banda neo-punk comandada por un bajista carilindo, pero tampoco era una megabanda de grandes estadios en la cúspide de su carrera. Sin embargo, el grupo tenía un motor que lo hacía más que interesante; habían emprendido junto al legendario productor Hugh Padgham, una búsqueda artística inquieta y en algunas oportunidades hasta arriesgada.


Todas esas aristas se ven claramente en Ghost in the machine, disco de 1981, antesala del multipremiado y multivendido Synchronicity. Hay otra atmósfera en los temas y el uso de los teclados y algún sintetizador, hábilmente mezclados por Padgham, lograron darle al disco un sonido especial que la clásica formación guitarra-bajo-batería estaba ya muy limitada de darle. El trío de canciones que abre el disco -Spirits in the material world, Every little thing she does is magic y Invisible sun- lo demuestra. En los dos primeros temas hay un aire casi sinfónico provocado por los teclados, pero la experimentación y el riesgo se ven claramente en Invisible sun, sin dudas la gema del disco. En Demolition man, Andy Summers experimenta con la guitarra más allá del clásico formato de canciones de la banda. En la sección instrumental del tema los tres se permiten explorar dentro de la estructura de la canción.




En la cara dos del vinilo The Police juega con su costado más punkie y Steward Copeland, uno de los más extraordinarios bateristas que dio el rock, se luce, especialmente en la fantástica One world (not three), donde muestra toda su destreza con un golpe fantástico acompañando la línea de bajo de Sting.Too much information y Rehumanize yourself muestra al trío en gran forma: Sting-Copeland-Summers en estado puro y aceitados como nunca. Ghost in the machine es el paso vital, arriesgado y necesario que la banda hace antes de tomar el cielo por asalto. Después vendría Synchronicity y ya nada, para bien y para mal, seguiría siendo igual.