lunes, 13 de octubre de 2014

Se lee por ahí # 3

"Como envejecer, la locura sólo consiste en dejarse llevar naturalmente. Lo inusual y artificioso es la sospechosa cordura". La mujer ducha, de Juan Sasturain.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Vinilo XV - ...para piel de manzana


Joan Manuel Serrat ha demostrado en sus largos años de carrera artística que no ha escapado ni a las definiciones políticas ni al compromiso con distintas causas sociales, incluso hasta afectando la difusión de sus propia obra y en algunas circunstancias, hasta poniendo en juego su propio pellejo. En 1975, mientras se encontraba de gira por México, condenó en forma tajante a la dictadura franquista y a su conducta represiva a raíz de la condena a muerte de un grupo de militantes. El régimen no dejó escapar la oportunidad: emitió una orden de búsqueda y captura a su nombre que lo obligó al exilio en México. Como cuando todavía cantaba toda su obra en catalán, Serrat volvía a verse perseguido y censurado. El trance le provocó casi un año de no poder ni siquiera componer, aterrado por no saber si algún día podría volver a su país.

Justo ese año, Serrat editaba …para piel de manzana, un nuevo álbum de canciones que volvía a alejarlo de las letras en catalán, que afianzaba definitivamente su alianza musical con el que sería su arreglador y director musical de toda la vida, Ricardo Miralles y lo confirmaba como un gran poeta del amor y estupendo observador costumbrista de una España provinciana que se esfumaría durante la transición democrática. El tema que le da nombre al disco es una hermosísima confirmación de lo primero y La aristocracia del barrio o Caminito de la obra dan cuenta sobradamente de los segundo. Pero la persecución franquista afectó la difusión y conocimiento de este disco que mostraba a Serrat afianzado como letrista y cantante popular.
Hay otras joyas cuasi escondidas en el disco. Malasangre, con una bella letra dedicada a un perro; Conversando con la noche y con el viento, un bello poema; La casita blanca, descripción romántica de un lugar para el amor. Sobre el final, Serrat ejercita aquello que tanta popularidad y prestigio le diera, musicalizando unas breves líneas del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, Epitafio para Joaquín Pasos, hermosa reflexión sobre los legados de un poeta a su pueblo. El exilio del catalán duraría un año, que Serrat temió fuera terrible para su obra y para su vida. De vuelta en su patria esta pésima experiencia serviría para acrecentar la fama y la popularidad de su cancionero eterno. Y ahí estaría …para piel de manzana para volver a instalarlo como un artista fundamental de la resistencia al régimen que empezaba a agonizar.

domingo, 14 de septiembre de 2014

100 veces Bioy


Hoy, 15 de septiembre de 2014, se cumplen cien años del nacimiento de Adolfo Bioy Casares, uno de los más grandes escritores de habla hispana, cuentista excepcional y autor, entre otras, de la novela que le da nombre a este blog. En estas líneas que se escriben a propósito de un número redondo y perfecto, que curiosamente Bioy comparte con otro dios del Olimpo de los escritores argentinos, Julio Cortázar, hablaré breve y emocionalmente de mi comercio particular con su obra. ¿Qué otra manera se puede encontrar de trasmitir la pasión que despiertan las ficciones, la elegancia y la fantasía de su literatura inmortal? 

El primer cuento que leí de Bioy fue “Cavar un foso”, estupendo relato entre policial y de amor, que reúne una arquitectura potente y un relato de amor solapado. Sin dudas un cuentista sabio y excepcional. Pero claro, Argentina tuvo, tiene y tendrá, una tradición en la materia que hizo de ese relato uno más entre los cientos de cuentos de esa estirpe que enorgullecen nuestra literatura. Superada mi imperdonable ignorancia, su genial obra recién comenzó a volarme la cabeza con la lectura de El sueño de los héroes. Hay en esta novela tantas maravillas acumuladas (la excepcional trama fantástica, el costumbrismo detallado, la reconstrucción portentosa de un Buenos Aires pretérito, la creación de personajes sólo comparable a la de Arlt), que, a mi gusto personal y subjetivo, la convierten en la mejor novela argentina.
Obviaré aquí el aporte eterno a la literatura universal que significó La invención de Morel, hoy de lectura casi obligatoria en el sistema educativo argentino, lo que causaría comentarios entre piadosos y jocosos del propio autor. No hace falta decirlo, este libro es una de las cúspides de la literatura fantástica. Perfecto, según lo definiera su amigo Jorge Luis Borges. Pero quisiera detenerme en esa caballerosidad antigua, esa humildad rayana en el estoicismo, en su conocimiento enciclopédico del alma femenina, en ese porte permanente de dandy. Osvaldo Soriano, que lo reverenciaba, dijo de él: “No he conocido otro hombre de genio que respete tanto a sus semejantes ni que los entienda mejor”. Esas palabras del autor de Una sombra ya pronto serás describen como nadie la figura ya mítica de Bioy Casares.

“Algunas amigas pensaron que en mis cuentos de amor me burlo de las mujeres, porque a veces las presento en situaciones ridículas o frívolas. Les puedo dar mi palabra de que están equivocadas. Todos sabemos que el escritor satírico bromea con lo que más quiere y también con lo que más le duele. Mi vida ha pasado entre mujeres; mis interlocutores más constantes –salvo unos pocos amigos- siempre fueron mujeres; si en mis cuentos deslizo alguna queja, entonces, no es por indiferencia hacia ellas sino porque de alguna forma yo he sido su mártir.”

Estas líneas de Bioy, extraídas del prólogo a su libro Historias de amor, describe como pocas la elegancia y las pasiones de la obra de unos de los pocos, acaso el único escritor argentino de su época, que transmite su alegría al escribir, su alegría por ser escritor. 


Alguna vez escribí: “Si pudiera algún día construir perfecciones como El perjurio de la nieve o El nóumeno sabría lo que es ser feliz como escritor.” Abandonada la utópica pretensión, me conformo con la felicidad eterna de su lectura. La lectura de la obra del irrepetible último caballero de la literatura argentina: el gran Adolfo Bioy Casares.

domingo, 27 de julio de 2014

El clon

Hace como un millón de años escribí este texto, al que considero mi primer cuento verdadero. Hijo bobo de mis lecturas de Ray Bradbury, ha empeorado mucho con el tiempo, pero le tengo mucho cariño.


 No quiero falsas interpretaciones ni suspicacias surgidas de alguna divagación, pero el clon de Verónica me incomoda. Es que todavía no me entra en la cabeza que se haya ido así, con una simple nota dejada sobre la mesa, explicando lo inexplicable. Que la misión científica, que el mantenimiento del satélite, que las nuevas bacterias, que su gran posibilidad de progreso y reconocimiento. Nada me consuela o me contiene. Menos que nada la presencia de este clon.
Por supuesto que en principio su exacto parecido a Verónica me asombró; es más, puedo decir que durante horas estuve paralizado. No hace mucho que los clones humanos se comercializan y su precio es altísimo. Como demostración de preocupación por mi suerte sin ella era apabullante, y debo decir que ignoró completamente mis reservas y cuestionamientos al uso de clones humanos. Supuso que lo usaría, que conversaría con él, que saldríamos a comer, que dormiríamos juntos. Verónica clonaba desde hacía veinticinco años a un par de pájaros vistosos extinguidos no sé en que zona de Centroamérica. Jamás imaginé que se animaría a clonarse a ella misma por un viaje de cinco años a un rincón del sistema. Nunca soñé convivir con el clon de la persona que más amaba.
Lo más cuestionable del uso de clones era la tarjeta cerebral. En ella el laboratorio registraba la suma de informaciones físicas y emocionales que el comprador requiriera, en un complejo sistema que se implantaba en el circuito nervioso del clon y que, en definitiva, deformaba arbitrariamente los comportamientos del original. Es decir, el clon lo era físicamente; lo psíquico sufría variaciones muchas veces impredecibles. Cuando dos siglos atrás los primeros clones aparecieron en el universo científico, el hecho se limitaba a copiar células y a partir de ahí el nuevo ser nacía de una concepción clásica. Eran nuevos seres. Los nuevos clones aprobados por la legislación del sistema eran simples copias reproducidas en la edad que se quisiera. Ya se comentaba en el ambiente científico, de la que Verónica formaba parte por su condición de bióloga, que muy pronto cualquiera podría pedir un clon de sí mismo con menos edad que la actual.
No era el caso de Verónica; su clon tenía treinta y seis años como el original. Me lo entregaron el mismo día que encontré la nota de despedida. Completamente asombrado ni siquiera escuché con atención las explicaciones del asesor que me acompañó casi toda la tarde convenciéndome de las bondades del producto y de cómo actuar ante cada contratiempo que pudiera suceder. Firmé media docena de papeles, juré ante un oficial de justicia usar legal y racionalmente el clon y me comprometí a llevarlo a mantenimiento una vez por semana para revisar la tarjeta cerebral y comprobar que el estado de salud sea óptimo.
Mientras cumplía con las formalidades me costaba mirar al clon. Sólo sonreía y parecía pedirme permiso con la mirada para sentarse o pasearse por la habitación. El parecido helaba la sangre y por un momento me dieron ganas de insultarlo como si él mismo hubiera sido Verónica. Pero no lo era. Y la confusión ya empezaba a molestar antes de la convivencia, antes de poder cruzar alguna palabra. Sentí curiosidad por tocar su piel y me di cuenta que eludía su mirada por temor a todavía no sabía que.
Cuando quedamos solos, luego de dos o tres minutos de silencio, comprendí que era yo el que debía comenzar el juego. Y hablé, tratando de parecer firme y seguro.
Le pregunté como se sentía y respondió con una sonrisa cómplice, como lo hubiera hecho la verdadera Verónica. Luego se levantó y me dijo: -¿Comemos envasado o preparo algo?.
No pude contestar. La nueva Verónica me dejaba sin palabras como la legítima. Era una situación  difícil de manejar. Estaba perdido y lo único claro que  aparecía en mi mente era pensar en todo lo que odiaba en ese momento, a ella y a su clon, a su actitud soberbia de siempre para trasladar sus soluciones a mis problemas . Quiero decir que su ausencia para mí no era lo mismo que mi ausencia para ella.
–Abramos una lata de legumbres- le pedí.
Debo confesar que el clon, a quien bauticé Penélope pese a su insistencia en recordarme que la llamara Verónica, era sumamente servicial y atento. Nunca me encontré una mañana sin el desayuno preparado, sin mi ropa alistada o el baño a la temperatura justa. Eran cosas en las que Verónica nunca hubiera podido estar atenta; quizá haya actuado su sentimiento de culpa o sus deseos de complacerme, pero se preocupó por dejarme en claro que a Penélope no podría pasarle lo mismo. Nuestra casa nunca estuvo tan brillante y ordenada, ni tan especialmente cuidada. Poco a poco se fue convirtiendo en una dulce y gentil sombra que me acompañaba por la casa y, lo confieso, dejé que esa invasión transformara mi rutina doméstica, por comodidad y también por placer.
Sin embargo, pese a esa aparente tranquilidad, Penélope me asustaba. Sobre todo porque no podía acostumbrarme a su presencia cuando nuestras actividades habían acabado y un silencio incómodo nos rodeaba. Ahí teníamos que hablarnos, que contactarnos, que empezar a intimidar. Y eso me sacaba de quicio, como me sacaba de quicio Verónica. Pero el clon era algo especial, que me inquietaba, me perturbaba. Ambos eludíamos la cuestión sexual, sobre todo Penélope, evidentemente programada para que siempre yo tomara la iniciativa. Pese a todo, esa tensión que había entre ambos, volvía a cada momento a nuestra convivencia más difícil de sobrellevar. Me resistía a tener sexo con ella, lo sentía como tener que recurrir a una prostituta y era además, una forma de ceder a la locura de Verónica. Con persistencia eludí la situación y tuvimos que dormir separados para no tener que sentir el calor de su cuerpo ni su respiración tranquila durante la noche.


Penélope, cada día más encantadora, más irresistible, parecía jugar ahora con mi lucha interna. Y lo hace tan bien, con tan buen gusto y una falsa prescindencia, que estoy a punto de echarla, de devolverla, de escribir a Verónica, de quien no recibía noticias y a quien ni siquiera llamaba.
Poco a poco el clon empezaba a desesperarme. Es físicamente mucho más irresistible que el original a pesar de su exacto parecido. No sabría explicar por que, pero sus pechos son más encantadores, más provocativos, hasta hacerme parecer que tienen algún talle más que el original. Lo mismo podía decir de su andar; es más erguido, más gracioso, más insinuante. Y comencé a querer verla desnuda y al menos probar si el deseo crecería o se terminaría con la experiencia. No hubo necesidad de decírselo; por la noche se apareció apenas cubierta por una sábana en mi dormitorio. Lo confieso: nunca gocé tan plenamente del cuerpo de Verónica como cuando me acosté con el clon. Se comportó de manera estupenda; pareció conocer todas mis debilidades y tuvo la habilidad de hacerme sentir como hacía mucho tiempo. Me pareció que ella gozaba como yo y con una libertad y sabiduría que Verónica no tenía.
A pesar de mis reservas, de mis inseguridades y pudores, no pude resistirme demasiado a volver a repetir la experiencia que cada vez fue más intensa y profunda. Una noche de sábado le propuse incorporar una tercera persona a nuestra cama para probar nuevas experiencias y lo aceptó sin reparos. Sexualmente vivía lo más parecido a la felicidad, cumpliendo todo lo que imaginaba.
Penélope invadió lenta e inteligentemente todos los rincones de mi vida. Y lo acepté, hasta el punto de incorporarla activamente a mi vida social, incluso ocultando su verdadero origen y negando su condición de clon. Ella se comportaba siempre de manera brillante y seductora, original y divertida. Pronto mi rechazo y mis reservas se transformaron en atracción y convivencia. Olvidé la ausencia de Verónica; ni siquiera me cuestionaba que no me escribiera o hablara. Fue entonces cuando un mensaje suyo apareció en mi ordenador; me decía que volvía en unos días. Aparecieron errores en el programa que controlaba la nave y no querían arriesgar la tripulación.
Me desesperé. A pesar de lo mucho que me incomodaba, de todo lo que había despertado en mí, de que me repetía todo el tiempo que todo era una tregua en mi rutina que se rompería en algún momento, no pensaba desprenderme del clon. Cuando se lo comenté, sólo sonrío y me dijo que había pensado en una solución.
No supe contestarle. Sólo quería saber en que había pensado.
-Podemos escaparnos de ella –me dijo. – Viajemos a alguna colonia del sistema con nuestras cosas. No podrá encontrarnos sino después de mucho tiempo. El suficiente para que nos olvide.
Nunca me sentí más confundido. Me dio escalofríos pensar que hablaba en primera persona del plural para pensar en mis decisiones.
Esa noche no dormí. Me sentí sucio y traidor pensando en Verónica. Yo la quería, pero el clon era sin lugar a dudas una versión mejorada y más perversa de todo lo que yo soñaba que ella me podía dar. Después de medio litro de alcohol y horas de insomnio le dije a Penélope que seguiríamos su plan.
Se comportó de manera fría y calculadora. Pareció tener en su mente diagramado cada paso que teníamos que dar y los fue dando con firmeza y decisión. Conseguimos un chárter a Ion, un pequeño satélite donde no nos pedirían documentación para pasar un tiempo. Viví toda la situación con vergüenza e indecisión y me dejé conducir con docilidad.
Cuando estábamos en pleno vuelo, Penélope parecía más tranquila. Mientras sorbía un líquido espeso y naranja me miró a los ojos y sonriendo se preparó como para contarme una historia.
-Amor mío, tengo que darte un mensaje de Verónica especialmente preparado para este momento-. Su voz sonaba dulce pero firme. –En realidad este plan no es mío, es de ella. Hace meses buscaba la manera menos traumática de dejarte. Te quiere mucho y no deseaba lastimarte. Finalmente un colega la convenció de pedir la fabricación del clon y que ese clon tuviera todo lo que ella no puede darte. No la juzgues mal. Solamente no quería verte sufrir.
Miré por la ventana y oculté mis lágrimas. –Penélope es hermoso como nuevo nombre. Quiero que sepas que lo voy a aceptar de ahora en más- dijo tomándome de la cara. Me sentí estúpido, débil, inocente. Sentía que Penélope volvía a molestarme como en nuestro primer encuentro.
Cuando me recompuse pregunté: -¿Aceptará Verónica que le envíe un clon mío?.

Desde entonces sueño en que me llame y me diga que cosas esperó de mí y no fui capaz de darle.  

domingo, 18 de mayo de 2014

Se lee por ahí # 2

"Para él, un amor geométrico de la simetría y el orden era "el sistema", un interés infatigable y febril por las más insignificantes facetas de la burocracia cotidiana era "la laboriosidad", la indecisión calculada era "la cautela", y la terquedad ciega en continuar por un camino erróneo era "la determinación"". Trilogía de la Fundación, de Isaac Asimov.

Se lee por ahí # 1

"Se puede conceder a los matemáticos que cuatro es dos veces dos. Pero dos no es dos veces uno; dos es dos mil veces uno. Esa es la razón por la cual, a pesar de sus muchísimas desventajas, el mundo siempre volverá a la monogamia." El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton.

domingo, 16 de marzo de 2014

Vinilo XIV – Pyramid


Prodigio de la música desde niño, Alan Parsons llegó desde muy joven a ser ingeniero de grabación de la compañía EMI. Fruto de ese trabajo el destino lo llevó al legendario estudio Abbey Road, donde fue asistente de grabación de los dos últimos discos de The Beatles. En la famosísima filmación de la última presentación en vivo de los fabulosos cuatro sobre la terraza de Abbey Road, se puede ver a Alan Parsons en varias tomas manejando la consola de sonido. Su buena estrella no lo abandonaría: fue ingeniero de sonido de Animals y The dark side of the moon, dos de las obras maestras de Pink Floyd. Definitivamente instalado como referente de la industria e imbuido de un prestigio creciente por su participación en grabaciones decisivas de la progresiva inglesa, Alan Parsons decidió ser él mismo creador de música, y asociado con otro productor de EMI, Eric Woolfson, creo un colectivo de producción musical: The Alan Parsons Project. En su nuevo proyecto, asociado con distintos músicos y cantantes, editó una serie de discos exitosos, con gran prestigio de la prensa y la industria discográfica.


Pyramid fue el tercer disco de la producción de The Alan Parsons Project y, editado en 1978, fue uno de los más exitosos. El álbum, más en las letras que en la música, es una reflexión sobre la finitud de los proyectos humanos, frágiles criaturas ante la inmensidad del universo y la presencia ineludible de la muerte. El disco tiene fuertes bases que le dan coherencia a pesar del modus operandi de la producción de Alan Parsons: distintos vocalistas y músicos rotativos se apoyaban en las letras de Woolfson y la música y producción de Parsons. El uso del sintetizador Moog, que tanto prestigio daba a los discos conceptuales del momento, y que Alan Parsons manejaba a la perfección, le dio a Pyramid esa áurea de disco serio y sónico que era la marca registrada del grupo. Los célebres instrumentales –en este disco sería Voyager- forman parte del sonido de esa época y en Argentina, por ejemplo, formaron parte como cortinas musicales de innumerables programas televisivos o de radio.


La pretenciosidad de The Alan Parsons Proyect y la evolución –o involución- de la música y las formas de grabación de los discos, hizo que lentamente el suceso del grupo se perdiera en el tiempo. Pero aún hoy, cuando escuchamos sus bellas melodías o sus secuencias de sintetizador tan características, como sellos de su marca de fábrica, podemos reconocer toda una época y todo un estilo. El estilo de un artista de los controles de las mesas de grabación que transformó ese oficio en un arte propio, el sueño de un ingeniero de sonido que sin perder el control de la consola pasó a ser él mismo un rock star.

martes, 18 de febrero de 2014

Argumento

Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges construyeron una amistad persistente a través de los años. En este pequeño relato que escribí hace algún tiempo, las mujeres, el amor, la amistad y la literatura se unen en homenaje al autor de El sueño de los héroes.


Son las tres de la mañana en una fría Buenos Aires, y tras los pliegues de las sábanas de una cama cómoda, el escritor se despierta recordando los pormenores de una charla con su amigo más entrañable ocurrida hace casi diez años. Procura no hacer ruido, para mantener el sueño de una bella mujer de hermosas piernas, que por horas lo había alejado de todas sus ocupaciones y ahora lo obligaba a una respiración silenciosa y clandestina. La imagen de la conversación se le presentaba como la proyección en una oscura sala de cine; con su amigo también escritor caminaban tomados del brazo como si fueran viejos amantes, por un jardín de senderos tortuosos como un laberinto. El compañero de paseo, mayor que él, en muchas cuestiones era casi un hermano menor, necesitado de consejos y contención para los problemas mundanos, a los que no podía resolver con la precisión con la que manejaba su prosa.
La película reflejada en su mente mostraba los árboles de la plaza, los bancos, las hojas secas abandonadas al viento, el frío luchando por penetrar las bufandas y los sobretodos. Rehuían en un acuerdo tácito hablar de sus propias literaturas, sus trabajos actuales, sus obsesiones del momento. A pesar de ello, cuando la gravedad o el interés lo permitían, alguno rompía la regla. Esa tarde en el parque recordaba haberle contado un cuento inconcluso que se resistía a abandonarlo. En forma clara y precisa, casi como leyendo los ingredientes de una receta magistral, fue contando a su amigo los elementos que integraban el relato. La sentencia, no esperada, fue lapidaria: Excelente argumento, pero jamás podrás encontrarle un buen final. La respuesta filosa, toda una decepción, lo empujó a abandonar el tema y el cuento, al que creía verle alguna pretensión.
De vuelta en la cama, junto a la bella mujer de hermosas piernas, se dio cuenta que el sueño revelador después de la noche de amor clandestina, le había abierto las puertas de la solución a esa frustración literaria persistente. Se levantó en puntas de pie, prendió la lámpara junto al escritorio que siempre le reservaba un cuaderno y una lapicera fuente, y uno a uno, como en una sucesión de carambolas, fue resolviendo todos los problemas del relato inconcluso. Sintió la poco común satisfacción entre sus colegas compatriotas de ser feliz siendo escritor, una felicidad que no se reducía a ese humor siempre latente en sus relatos, sino en una alegría lisa y llana por conocer la magia de saber contar.
Cuando concluyó la anotación de las ideas salvadoras de su cuento, sintió el impulso de compartirlo con Silvina, pero no estaba allí para escucharlo leer. Necesitaba tanto su compañía como eliminar rápidamente la pequeña culpa que lo envolvió por un instante, esa culpa que siempre sucumbía ante el gusto por el amor clandestino, con la ventaja que siempre supone que le perdonen siempre todo. ¿Qué había logrado el pequeño milagro de encontrar la forma y el final de un cuento memorable? ¿Acaso eran las vitaminas recetadas que lo habían acelerado un poco? ¿A lo mejor era ese amor suave y momentáneo que lo había distraído en las últimas horas? Sabía que reescribiría algunas líneas, que continuaría con la enfermiza tarea de la corrección perpetua hasta el momento incierto de la publicación, pero había logrado atar todos los cabos de la trama, tenía a los personajes justos, el escenario ideal y no pudo resistirse a la tentación de garabatear un título. A pesar de hacer de la humildad un culto personal, El perjurio de la nieve le pareció pretencioso y brillante y se propuso no cambiarlo por ninguna circunstancia.
La bella mujer de hermosas piernas, ahora despierta y otra vez luminosa para sus sentidos, lo llamaba y lo invitaba a devolverse a los pliegues de las sábanas de una cama cómoda. Sopló sobre la tinta todavía húmeda del título y cerró el cuaderno. Otra vez volvía a olvidarse de Silvina y de sus cuentos.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Vinilo XIII - Seconds Out


Los discos en vivo tuvieron y tienen un encanto y un atractivo particulares. Antes de la era digital y los downlands ilegales o gratuitos, la industria discográfica retroalimentaba ganancias con estos registros que permitían combatir las ediciones piratas de conciertos y se transformaban en especies de grandes éxitos. Para cualquier artista, alcanzar a grabar un disco en vivo significaba lograr un status de reconocimiento del mercado y del público. La mayoría de estas grabaciones eran mezcladas y mejoradas en el estudio, recibiendo una mano de barniz que les daba brillo y protección, pero que a veces ocultaban la cruda y verdadera naturaleza de lo que se quería mostrar. A pesar de ello, muchos de estos discos son hitos que ocupan lugares centrales en la discografía de un artista. El rock sinfónico en general y Genesis en particular tienen grandes discos en vivo, pero Seconds Out  es y será un clásico eterno de la música popular del siglo XX y una de las más grandes grabaciones en vivo de todos los tiempos.


La partida de Peter Gabriel de la banda había significado un duro golpe y un enorme desafío para los sobrevivientes de Genesis. La ecuación se saldó con la edición de dos discos de estudio memorables, A trick of the tail y Wind & Wuthering, y la incorporación para los shows de un baterista que permitiera a Phil Collins ocuparse de la voz principal. En primera instancia ese rol fue cubierto por el legendario Bill Bruford, integrante de Yes  y King Crimson, cuya paso resultó efímero, para luego dar lugar a Chester Thompson, que se quedaría por años con el puesto. Aceitados como banda como nunca lo habían estado, seguros tras el éxito de los dos primeros discos post Gabriel, con Collins cada vez más firme como frontman, Genesis decide editar un doble en vivo al que llamaría Seconds Out, en referencia a la célebre frase utilizada en boxeo para indicar que la pela va a comenzar y el boxeador quedará solo en el ring sin ningún soporte extra.


El disco doble fue grabado casi íntegramente en París entre el 11 y el 14 junio de 1977. Para entonces las presentaciones del grupo habían crecido en fama apoyadas en grandiosos performances individuales y una presentación lumínica inédita que acentuaba el siempre latente dramatismo de su música. El logro magnífico de este documento sonoro es que muchas de las grabaciones sonaban superiores a sus originales de estudio. Basta escuchar Robbery, assault and battery, por ejemplo o el trascendental instrumental Los Endos, que se transformaría en un clásico perenne de sus presentaciones en vivo. Las gemas del disco, ejecutadas magistralmente, eran dos clásicos temas de Selling England by the pound:  lucen insuperables en Firth oh fith —con Tony Banks y Steve Hackett en estado de gracia— y Cinema show, única grabación del disco con Bill Bruford en la batería. Quizás las mejores grabaciones de rock progresivo jamás escuchadas.


Hay más felicidades en la escucha de Seconds Out: la potente y lacrimosa Squonk, la emblemática y eterna The Carpet Crawl, la canción emblema The lamb lies down on Bradway, empalmada con la sección final de una gema del rock teatral que Genesis encarnaba, la dramática The musical box. Y el mágico quinteto —Tony Banks, Mike Rutherford, Phil Collins, Steve Hackett y Chester Thompson— se anima a reservar una de las cuatro caras de los discos para incluir completa la miniópera Supper´s ready, de más de 20 minutos de duración, en donde se condensan todas las virtudes interpretativas y de composición de una grupo clave de la progresiva inglesa y que con los años, se transformaría en una vaca sagrada del rock sinfónico. Genesis dejaba grabado en Seconds out uno de los mojones mágicos y eternos de su extensa trayectoria, hoy ya convertida en leyenda de la música popular.